sábado, marzo 01, 2014

De estatuillas voladoras y carteleras perdidas


Mañana domingo 2 de marzo se entregan en Los Ángeles los premios Óscar, sin duda los más publicitados galardones de la industria del cine. ¿Son los premios –este y otros similares– una clave para determinar qué películas veremos o deberíamos ver? Aparte del hecho de ser uno de los espectáculos televisivos más costosos con más de seis meses de preparación, hay algo alrededor de la figura del dorado calvito que suscita curiosidad, cuando menos.

Cuando consultamos la cartelera de cine para decidir qué película ver encontramos que las opciones disponibles son producciones en su mayoría de origen norteamericano. Muy pocas veces disponemos de la alternativa de ver cine de otras nacionalidades. Cierto que en los últimos diez años, desde que tenemos una Ley de Cine, es posible ver estrenos de películas nuestras que de manera tímida pero constante y algunas veces con éxito coronan las taquillas. Casos como Soñar no cuesta nada, Rodrigo Triana, 2007 o las ya infaltables historias producidas por Dago García hacen un balance valorable desde el punto de vista de la taquilla. Y en otros casos, algunas cintas como la mexicana No se aceptan devoluciones, Eugenio Derbez, 2013, impactan la pantalla de modo singular. Pero son excepciones a una regla que desde hace unas décadas domina la escena de exhibición de cine en Colombia: el mercado es de las películas estadounidenses. Y esto no sucede solo acá, es un tema global con contadas excepciones. El asunto es que no siempre fue así.

El cine mundial ha tenido como parte de su estrategia de comercialización los grandes premios otorgados por los gremios en cada país o por los festivales más prestigiosos. El reconocimiento que recibe una producción incide positivamente en su éxito comercial. El efecto de un premio es que los distribuidores deciden qué películas llevar a los cines. Por supuesto, no es el único factor pero es innegable que cuando el espectador contempla el palmarés de una cinta en su afiche promocional se siente más que inclinado a verla… confía en que es una buena película. La certificación de un premio es la declaración de principios de determinado jurado que considera esa cinta una obra digna de ser apreciada. Y entre más importante sea el premio, mayor confianza despertará en el público.

Los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, conocidos popularmente como Óscar, tienen una historia ya casi legendaria y siguen siendo el reconocimiento más anhelado por muchos realizadores del mundo. Entregados por primera vez en 1929 para premiar a las cintas producidas entre 1927 y 1928, su ceremonia de entrega es uno de los espectáculos televisivos más vistos en el mundo. El premio es entregado por los miembros de los cinco grandes sindicatos del cine: actores (el mayoritario), guionistas, directores, productores y técnicos. Gremios que están simbólicamente representados en los cinco radios que componen cada rollo sobre los que se alza la figura calva y dorada de Óscar, apoyado en una espada que bien puede ser analogía de la diosa de la Justicia o simple nostalgia de un mundo caballeresco ya desaparecido. Cualquier persona que tenga experiencia en producciones con capital estadounidense y que pague la membresía, puede ser miembro de cada gremio y adquirir el derecho a votar. Se sabe que al menos tres colombianas lo son: Paola Turbay, Sofía Vergara (que cuenta con el récord de 37 nominaciones por su estelar en la serie cómica Modern Family; es una broma que seguro la barranquillera celebraría) y la única con una candidatura al Óscar como Mejor Actriz Protagónica, Catalina Sandino quien recibió la nominación por su papel en María, llena eres de gracia en 2004. Está también John Leguízamo, el reconocido actor neoyorquino que ha logrado triunfar en la gran pantalla y en especial en el teatro. El bogotano de nacimiento es sin duda alguna, un norteamericano más de los cientos de inmigrantes latinos que llegaron al suelo del imperio anglosajón para hacerse una vida, en su caso en la gran pantalla.

Pero el Óscar no es el único premio que se otorga cada año para reconocer la producción y el arte del cine contemporáneo. Tampoco es precisamente el más apreciado entre los cinéfilos y los realizadores. Hay preferencias y casi que cada país donde se hace cine tiene su propia estatuilla; incluso nosotros tenemos el Macondo del cual hablaremos más adelante.

En la tierra donde un diciembre de 1895 naciera el cine y décadas más tarde surgiese el movimiento de la Nueva Ola y con ella el concepto de cine de autor, hay dos premios con larga tradición y peso. Según la crítica especializada el más prestigioso premio es la Palma de Oro y lo otorga el Festival de Cannes en Francia desde 1939. La característica más significativa de Cannes es que acoge como candidatas, películas producidas en todo el mundo. Curiosa o irónicamente, según se quiera leer, el país con mayores galardones es Estados Unidos. Además concede premios compartidos en empates muchas veces bastante controvertidos. Cannes se ha distinguido por su elegancia y por ser a la vez la plataforma de lanzamiento de muchas nuevas estrellas e incluso de estrellas de momento, en pura clave de farándula glamorosa.  

Francia tiene una política de protección al cine francés muy dura, en una clara y abierta declaración de guerra al cine norteamericano. Cannes pareciera ser una zona franca. Las películas francesas son reconocidas con el César que se otorga desde 1976 y cuenta con 19 categorías. Sin embargo, es innegable que pese a los esfuerzos de la Academia Francesa de Cine, la penetración en el mercado del cine de sello hollywoodense ha terminado por imponerse en las pantallas, o al menos, por darle cara al cine nacional sin importarle que para su exhibición deban doblar al francés todas sus películas.

En Alemania tienen el Oso de Oro con sus distintas versiones y categorías. Catalina Sandino obtuvo un Oso de Plata [compartido con la ‘monstruosa’ Charlize Theron, en 2004], siendo hasta ahora la única colombiana que ha alcanzado tal logro. La cinematografía alemana que tuvo su largo cuarto de hora con el Nuevo Cine alemán de los 60 y 70 con Herzog, Wenders, Fassbinder y muchos otros tras el encuadre perfecto, sobrevive gracias a las subvenciones del gobierno, la televisión privada y algunos organismos paneuropeos que persisten en la idea de un cine fuerte y de peso nacional. En la Semana de Berlín (la Berlinale) donde se otorgan los Osos, se muestran y premian cintas de diversas partes del mundo, haciendo un énfasis particular en los últimos años en el llamado cine independiente o marginal.

Justamente el Festival de San Sebastián, en España, que entrega la Concha de Oro ha logrado mantenerse como uno de los premios más valiosos e impactantes de la industria cinematográfica por la arriesgada combinación, en sus categorías de elegibles, del cine norteamericano y del cine de sello independiente o de tradiciones nacionales de cine periférico. La Donostia, o semana de San Sebastián, se ve año tras año ambientada con la presencia de las grandes celebridades del cine mundial y de reconocidos directores y productores, a la par de los anónimos y discretos realizadores del mundo casi oculto del cine. España también cuenta con el Goya, un premio dado por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, de creación más bien reciente si se tiene en cuenta la antigüedad de los otros galardones. Los Goya han no sólo contribuido a apoyar la industria española que no escapa a la crisis mundial sino, el cine iberoamericano que en los últimos años aumentó su cuota de presencia a través de las coproducciones. Películas como El secreto de sus ojos, Juan José Campanella en 2010 y la recién premiada Azul y no tan rosa, Miguel Ferrari, de Venezuela, atestiguan esa intención. A los Goya aspiró la película colombiana El Rey de Antonio Dorado en 2004.

En Inglaterra donde florece una de las escuelas actorales más poderosas de la industria cinematográfica la British Academy of Films and Television Arts entrega desde 1948 los premios Bafta, en calendario siempre previo a los Óscar y casi como calco de los premios angelinos. No existe ya la fuerza que en algún momento de la historia tenía el cine británico para hacer la diferencia. Pese al carácter benéfico de la Academia que se esfuerza por reconocer los logros del cine insular, la sombra cada vez más grande de los estudios norteamericanos se alza peligrosa sobre una de las tradiciones fílmicas fundacionales. No por nada las mejores escuelas de documental del mundo están en territorio inglés.

El Festival de Venecia, arrancando en 1932 es el más antiguo del mundo, se ha caracterizado por ser el epicentro de los estrenos de las grandes producciones de Hollywood en Europa, y de ciertos directores como Woody Allen, Quentin Tarantino, Jim Jarmusch. El León de Oro sigue rugiendo con fuerza pero su bramido ya no marca territorio, aunque su prestigio no declina. Avalado por Federación Internacional de Productores Cinematográficos, Venecia es uno de los pocos festivales clase A. Allí ha ido nuestro cine con directores como Víctor Gaviria, Felipe Aljure y Sergio Cabrera.

Los festivales con sus premios y los gremios nacionales con los suyos, proveen a los cinéfilos y realizadores de todo el mundo de una detallada base de datos de las películas que se destacan en los distintos renglones que exige la producción audiovisual. Observar con atención los listados de los ganadores en las diversas categorías permite orientar el gusto, canalizar la expectancia fílmica y enriquecer la experiencia de producción. Es tan significativo el efecto de los reconocimientos sobre la industria que incluso el cine independiente –que pretende apartarse del círcuito comercial dominante– tiene los propios creando ya un referente para los cinéfilos, la crítica especializada y los nuevos realizadores: por eso vale mencionar al Sundance Festival, el Festival de Toronto, Tribeca, entre otros.

En nuestro país se han presentado varios intentos por crear unos premios otorgados por un gremio de la industria cinematográfica consolidado y fuerte. Solo en los años recientes y con mucho esfuerzo y más bien tímidos logros, se creó la Academia Colombiana de Artes y Ciencias Cinematográficas que para este año espera entregar el Premio Nacional de Cine Macondo a las producciones de 2013 entre las que figuran como nominadas a Mejor Película: La playa D.C. Juan Andrés Arango; La sirga, William Vega; Chocó, Jhonny Hendrix Hinestroza y Roa, Andi Baiz, al lado de otras 15 categorías. No hay mucha información al respecto, lo cual no es una buena señal pensando en la continuidad y el reconocimiento por parte de los colombianos. El asunto es serio. En nuestro cine todo es serio (léase: crítico), siempre lo ha sido y al parecer así lo será. La idea de los premios es apenas un índice narrativo bastante revelador.

Treinta años atrás, tal vez más, en las salas de cine de nuestro país cuando no existían los multicines, se veían películas de muchas partes del mundo. Y si el cine comercial no permitía el acceso a producciones por fuera del circuito norteamericano, los cine clubes asumían ese reto y lo cumplían eficazmente. Pereira fue una meca del cine clubismo nacional. Hicimos historia… que ya se perdió y que por lo visto a nadie le importa recuperar. Es importante mencionar esto en relación con el tema de los premios mundiales al cine porque como decíamos al comienzo, la distribución y la exhibición de cine se orientan en parte por esos indicadores, no solo por la taquilla.

¿A quién le corresponde cambiar el panorama actual de la cartelera nacional? Mejor aún, ¿es posible cambiarlo? ¿Tendrán alguna idea al respecto la Dirección de Cinematografía o Proimágenes? ¿Será que la Academia con sus muchos programas universitarios dirigidos a la realización audiovisual puede o debe decir algo? Hemos avanzado en nuestra industria produciendo 10 o 15 películas al año pero… ¿cuántas de esas pueden hacer la diferencia? Cierto que logramos apoyar la realización de cortos con la ventana obligatoria de exhibición en salas nacionales, pero, ¿es suficiente? Hay cine maravilloso rodando por todo el planeta… ¿por qué no podemos verlo en una sala de cine?

El cine norteamericano es parte de la historia del cine mundial. La calidad de sus producciones es incuestionable en los casos más singulares y destacados. Grandes directores, guionistas, actores, fotógrafos, sonidistas… y sí, talentosos productores, nos han legado muchas obras maestras y muchas buenas películas. Y las nominadas este año son una prueba tangible de ese aporte. El asunto no es dejar de ver cine estadounidense, el asunto es poder ver más… mucho más de todos los rincones donde se invoca el mantra: “¡luces, sonido, cámara, acción!”

CODA:
Vale una trivia de cierre con los vaticinios de RAYOAZUL para este domingo:

Mejor Película: 12 years a slave, Steve McQueen.
Mejor Actor: Leonardo DiCaprio, The wolf of Wall Street, Martin Scorsese.
Mejor Actriz: Cate Blanchett, Blue Jasmine, Woody Allen.
Mejor Actor Secundario: Jared Leto, Dallas Buyers Club, Jean-Marc Vallé.
Mejor Actriz Secundaria: Lupita Nyong’o, 12 years a slave, Steve McQueen.
Mejor Director: Alfonso Cuarón, Gravity.
Mejor Guion Original: Her, Spike Jonze.
Mejor Guion Adaptado: 12 years a slave, John Ridley.
Mejor Película Animada: Frozen.
Mejor Película Extranjera: La gran belleza, Paolo Sorrentino, Italia.
Mejor Cinematografía: Emmanuel Lubezki, Gravity.
Mejor Edición: Alfonso Cuarón, Marc Sanger, Gravity.
Mejor Diseño de Producción: El gran Gatsby.
Mejor Vestuario: El gran Gatsby.
Mejor Maquillaje y Peinados: Dallas Buyer Club.
Mejor Música Banda Sonora: Gravity, Steven Price.
Mejor Canción Original: Gru, Mi Villano Favorito 2, Pharrell Williams, “Happy”.
Mejor Mezcla de Sonido: El hobbit: La desolación de Smaug.
Mejor Edición de Sonido: Gravity.
Mejor Efectos Visuales: Gravity.
Mejor Documental: The act of killing, Joshua Oppenheimer, Signe Byrge Sorensen.       

sábado, diciembre 14, 2013

Celebrando la fuerza de la imaginación



Hoy 14 de diciembre celebramos el día del fantasioso para rendir tributo al maravilloso universo de Fantasía, el lugar donde nacen historias que pueblan nuestros sueños, acompañan nuestros días y alientan nuestras miradas. 

La designación de este día nació como el cierre de un largo camino que desarrollamos en el curso Fantasía e Imagen en la Escuela de Artes Visuales de la UTP, a partir del padrinazgo único e irremplazable de la noble figura del profesor J.R.R. Tolkien, quien nos iluminó con su curiosa y vasta imaginación que dio vida al mundo de la Tierra Media. Desde entonces nos ha guiado y conectado con múltiples y diversos creadores de literatura, ilustración, música, anime, video y cine. 

Hace un año con ocasión del estreno de El Hobbit: Un viaje inesperado nos reunimos un nutrido grupo de fantasiosos y dimos comienzo a esta singular celebración.

En esta ocasión tan especial, RAYOAZUL invitó a tres jóvenes creadores a brindarnos sus historias fantasiosas para ser publicadas. Estos cuentos nacieron en un taller de Textos Narrativos de Comunicación Audiovisual y Multimedios de la Funandina, y tras un proceso de cuatro pasos llegaron a estas versiones que hoy invitamos a disfrutar. 

Muchas veces leemos a los grandes autores y nos empequeñecemos con la fuerza de sus talentos y mundos complejos y perfectos en su diseño, este es un momento para vernos desde adentro a través del talento joven que se abre paso a grandes bocanadas.

Los invitamos a tomarse unos minutos de su día y leer con atención estas tres historias, darles su espacio, estamos seguro no los decepcionarán.

¡Feliz Día del Fantasioso!

Aclaración: Las imágenes aparecen sin ánimo de lucro, apelando al Uso Justo (Fair Use).

El umbral de las mariposas // Manuela MORALES ORTIZ

     

    Lía acababa de abrir sus ojos, pese a la poca luz que suele irrumpir en su cuarto, pudo vislumbrar el reloj, eran las dos en punto de la tarde. Recordó que acababa de soñar con un viaje hacia el universo; muy jovialmente, se encontraba saltando los cráteres de la Luna de dos en dos, mientras una lluvia de estrellas verdes, alumbraban el espacio sideral. Prontamente, Lía se dirigió hacia su nave galáctica para atravesar a toda marcha el sistema solar, pero no sin antes hacer una parada en Marte, donde visitaba sus grandes volcanes llenos de magma que producían burbujas de colores al estornudar. Su siguiente parada fue Mercurio, cómo le encantaba este planeta. Allí, escaló sus largos vericuetos, hasta llegar a la cima. Admiró por un buen rato su encantadora atmosfera, extremadamente tenue, adornada por una espesa neblina y unas sombras perpetuas que se encargaban de proteger los pequeños charcos de hielo.
   Su sueño concluía con una visita al sol, donde había un gran sillón, cubierto por una dócil capa de terciopelo rojo, en el cual se echaba a hacer la siesta.
    Ya eran las tres de la tarde, y Lía solo lograba escuchar las manecillas del reloj sonar una tras otra, ensordeciendo la calma, el silencio y la soledad, que reinaban esa tarde en su cuarto.
   Tras varios bostezos, decidió levantarse de su cama, —la felicidad nunca tiene grandeza—, pensó, mientras caminaba en dirección al balcón que se encontraba junto a la sala. Hace frío y llueve, la puerta del balcón se encontraba abierta, el viento de la calle, sucio, gris y contaminado, comenzaba a colarse por entre las elegantes cortinas, que tendidas sobre una larga barra, le daban un matiz de alegría a este solitario lugar. Pero, ¿realmente soy feliz? es decir, lo tenía casi todo, bueno al fin y al cabo la desdicha siempre me fue agradable, además, ¿qué valor tendría la felicidad, sin anteponer una desdicha o alguna dificultad? Creo que hoy es uno de esos días en que la melancolía le gana a mi sosiego.
     Me aproximé al balcón, allí una leve corriente de aire despeinó mi cabello largo y enmarañado. — ¡Esto sí que es vida!— exclamé.
    Sobre la larga mesa de madera que hay en la sala, vi el tablero de ajedrez que León me regaló en un cumpleaños. Es una lástima que lo haya destinado a algo tan banal como a una simple decoración, pero nunca me consideré tan inteligente como para jugarlo.
     Vacilé mucho, antes de aceptarlo como mi novio. Recuerdo el plan que ideó mi amiga Luna, para que de una vez por todas tomara una decisión. —Mira es muy simple, haz un perfil de los aspectos buenos y malos de él. Si tiene más malos que buenos, pues la decis ión es muy clara, ¿no crees?—. Más que a una amiga recursiva, descubrí al amor de mi vida.
     — El siguiente paso, es hacer un perfil tuyo para saber qué cualidades te faltan— me decía Luna. Es tan reprochable, que te digan que vienes al mundo a medias y que por ende debes encontrar una media naranja. Desde que nacemos somos dependientes, creo que debería de ser suficiente con el hecho de saber que desde el comienzo de la vida, la muerte nos viene acompañando.
   El viento que entraba por el balcón, intentó ponerse más frío, el cielo se tornó gris y nublado. Lía comenzó a tiritar del frío. Tras cerrar la puerta del balcón, bajó a la sala en búsqueda de su abrigo.
     Miró el reloj de la sala, extrañamente este aun marcaba las tres de la tarde. Curiosa, buscó el reloj de la cocina, éste también marcaba las tres de la tarde. Haciendo caso omiso a tan extraño suceso, tomó el paraguas que colgaba siempre de la puerta de la sala y salió a caminar.
     Caminó un buen rato, hasta llegar al barrio donde pasó su infancia. Junto a la tiendita de dulces, seguía la vieja casa azul claro, o azul cielo como le solía decir su hermana. Era de puertas y ventanas pequeñas. Siempre le pareció como sacada de un cuento de hadas.
    Un sentimiento de nostalgia invadió a Lía, cuando se vio reflejada en una de las ventanas más altas. De pequeña siempre tenía que poner tres ladrillos para alcanzar siquiera a asomarse por ella. Dejando su pasado atrás, continuó caminando.
    Avanzó unas diez cuadras más o menos, hasta que fatigada se detuvo en la entrada de un callejón. Al parecer estaba deshabitado, lleno de basura cotidiana: sillas, muebles desgastados, ropa, botellas, papeles, una infinidad de inmundicias que lo hacían ver como el lugar menos propicio para que una mujer lo transitara sola. Pero qué más da, Lía siempre se caracterizó por ser una mujer muy terca.
   Cuando pensó que ya había llegado al final del pasaje, se percató de que realmente no tenía final, el callejón se extendía al doblar la esquina. Se giró para tomar otro camino, pero para su sorpresa, éste había sido cubierto por una espesa neblina.
    La temperatura comenzó a bajar, su cuerpo a estremecerse.
   Fue ahí, en ese instante, en que la vio, tan inocente y pequeña, parada en medio del callejón, con su vestido blanco impecable, sus ojos expresaban dolor y sus mejillas hambre, pero a pesar de ello, sonreía.
   Comencé a sentir frío por todo mi cuerpo, mi corazón intentó latir más y más rápido. Cuando ya me encontraba casi al borde de un patatús, la niña levantó su mirada percatándose de mi presencia, y con un voz dulce me dijo: —Vamos a jugar—, al tiempo que se esfumaba hasta convertirse en una pequeña luz amarilla. Ésta, comenzó a dar vueltas por todo el lugar. Más que miedo y desconcierto, me causó mucha gracia, se veía tan juguetona y radiante, que me animó a seguirla, a tratar de alcanzarla. Estiré mi brazo para tocarla, pero salió rápidamente volando, tuve que correr para no perderla de vista. La pequeña luz se metió por la ventana de una casa de ladrillos, la puerta devorada por el comején, estaba entreabierta. Me fue imposible hacer caso omiso a mi curiosidad.
  Era una casa vieja y deshabitada, con piso de madera, la habitación principal era muy grande, peculiarmente llena de espejos de todos los tamaños. En el centro del lugar había una mesita, y sobre ella una cajita de madera. Lía se acercó un poco más para fisgonear. Abrió la cajita y de ella salió una bailarina de porcelana, con su tutú rosado y su delicada piel blanca. La bailarina comenzó a girar, acompañada de una dulce melodía proveniente de la misma cajita.
    

    Lía cerró sus ojos y dejándose llevar por la melodía, comenzó a bailar por toda la habitación. De pequeña siempre quiso viajar por todo el mundo, para aprender cada paso, cada técnica existente, cada maniobra posible, y sentir la pasión y la armonía de hacer arte corporal, así le llamaba entonces a la danza.
     Bruscamente, fui sacada de un mar de recuerdos, cuando la risa de una niña irrumpió en la habitación. Al abrir mis ojos me percaté de que la música había cesado. La cajita había desaparecido. Con mi mirada traté de buscar a la niña, encontrando su reflejo en uno de los espejos. Estaba detrás de mí, bajo sus brazos llevaba la cajita musical. Me giré para verla, pero ya no estaba, entonces, volví a mirar al espejo y allí estaba, con su sonrisa traviesa meciéndose inocentemente de un lado a otro. Por el espejo vi que tomó mi mano. Comenzamos a caminar la una hacia la otra, atravesamos el espejo, hasta llegar a otra habitación.
   Una vez más, Lía se encontraba sola en una habitación fría y oscura. Realmente era un cuarto muy pequeño, las paredes tenían una pintura blanca desgastada por los años, el techo estaba lleno de largas telarañas. En una esquina de la habitación, Lía vio una pequeña puerta de color gris. Se acercó a la puerta y escuchó unos ruidos extraños; pensó que podría ser un gato o pequeños ratones, pero entre más se acercaba, podía entender mejor lo que pasaba. Una niña gritaba, no lograba entender lo que decía, pero sonaba muy exasperada.
    Conteniendo la respiración abrió la puerta, que como una especie de portal la transportó al patio de una casa.
   Se le hizo muy familiar el lugar, el sol radiante, el olor a flores, el pasto húmedo, la primavera, le recordaba sus vacaciones en casa de la abuela. Sobre el pasto había una niña que jugaba con unas muñecas de trapo. Lía se acercó un poco más y logró reconocer a la pequeña, era la niña del callejón.
    Un hombre se acercó a ella. Llevaba un overol sucio, unas botas pantaneras y un bigote que le hizo gracia a la pequeña. — Hola, qué haces— le preguntó aquel hombre. — Quieres jugar— le contestó la niña. — Claro, pero antes ¿te gustaría ver algo realmente increíble? La niña entusiasmada tomó su mano y se fue con aquel sujeto.
    Lía comenzó a sentir un ardor en su pecho, su rostro se puso rojo. Invadida por una furia inexplicable, trató de llamar a la niña, pero ésta ni se percató de su presencia. Así que corrió hasta alcanzarla, tocó su hombro y comenzó a desvanecerse. La imagen del patio, las flores, la niña, el hombre, se fundieron como arena, envolviéndola a ella en un remolido, hasta cegarla por completo.
   Solo recuerdo haberme despertado delante de la puerta gris, con mi ropa y mi cabello lleno de arena. Sigilosamente me asomé por el marco de la puerta, y vi al hombre que hace un instante se había llevado a la niña. Estaba ebrio, y para mi desconsuelo, se aproximaba hacia la pequeña, que llorando en una esquina, esperaba a aquel infausto hombre, que se aproximaba con una expresión de invicto en sus ojos, y una botella rota en sus manos.
    Asaltada por un sentimiento de furia, me lancé sobre él para golpearlo, pero éste con más fuerza me lanzó lejos. La niña que tuvo tiempo de escapar, tomó la botella y golpeó al hombre que cayó lentamente al suelo, quedando inconsciente o tal vez muerto.
   Me levanté temblorosa, con las manos llenas de sangre. La pequeña tomó mi mano. Comenzamos a correr tratando de escapar de aquella siniestra habitación, pero no logré seguirle el paso y caí al suelo, sintiendo un fuerte dolor en mi pecho. Dirigí mi mano hacia mi hombro izquierdo y encontré un trozo de vidrio incrustado en él, la herida comenzó a sangrar.
    El dolor era muy fuerte, las lágrimas comenzaron a rodar por mi rostro. Levanté mi mirada, allí estaba ella, parada frente a mí, con su vestido blanco, tan silenciosa e inocente. Sobre su vestido, junto a su hombro izquierdo, pude vislumbrar una mancha de sangre. La niña cubrió la mancha con su mano, me miró y tiernamente embozó con sus labios un “gracias”, al tiempo que la mancha iba desapareciendo.
   — ¿Qué sucede?— le pregunté. — ¿Acaso no lo entiendes?— respondió con una voz suave y melodiosa.
     — No lo entiendo, ¿en dónde estoy, quien eres tú?
     — Mi nombre es Lía—.
     — Pero…— dije con la voz entrecortada.
     — Gracias por salvarme, es mi turno ahora, déjame ayudarte.
    Sobre mi hombro izquierdo, donde momentos antes el hombre me había herido, sentí un leve cosquilleo. Pasé mi mano por encima de la herida, la cual había dejado de sangrar. Allí seguía la cicatriz. La marca que por tantos años había llevado conmigo, la que tanto traté de esconder del mundo y de mí misma. Era, la cicatriz que marcó la niñez de Lía, recordándole por siempre tan infame suceso.
  La pequeña condujo su mano empuñada hacia su boca, para después abrirla en dirección a Lía, mandándole una pequeña ráfaga de viento, la cual chocó contra su pálido rostro, haciéndole cerrar los ojos instantáneamente.
   Al abrirlos se encontraba en otro lugar, el callejón y la pequeña habían desaparecido, se hallaba en una habitación blanca y vacía. Lía tocó su hombro, el cual ya no le dolía.
    A lo lejos vio una mariposa verde que poco a poco se fue acercando hasta posarse en su mano, la adosó junto a su nariz y sus pequeñas antenas le produjeron cosquillas.



     La mariposa comenzó a volar por todo el lugar, hasta transformarse en una luz amarilla, la cual comenzó a crecer hasta envolver todo su cuerpo en luz. Invadida por una paz interna, extendió sus brazos y cerró sus ojos, se lanzó al vacío. Comenzó a volar. Sin prisa alguna, mientras la brisa acaricia mi rostro, planeo hacia lo desconocido. Es éste, solo el final de un comienzo, el cierre de mi tiempo como oruga, de esa diminuta vida, que con sabia resignación logró convertirse en mariposa.
    Lía acababa de abrir sus ojos, pese a la poca luz que suele irrumpir en su cuarto, pudo vislumbrar el reloj, eran las cuatro en punto de la tarde. Como era de costumbre, se levantó de la cama y se dirigió hacia el espejo que hay en su habitación. Delicadamente descubrió su hombro izquierdo, para observar la pequeña cicatriz que tanto odiaba. Desde hace varios años, este pequeño acto, se había convertido para Lía, en un ritual a la memoria y el dolor.
     Pasó su mano sobre el hombro, pero no sintió nada. Miró rápidamente su hombro, para su sorpresa ya no estaba la horrible cicatriza. Había desaparecido. Ahora esa cicatriz era como una hermosa mariposa estampada en su piel.

Por un beso // Kandy OSORIO MOLINA

         

       El sol radiante permitía divisar los inmensos campos de trigo que ya pronto darán sus cosechas. El olor a lavanda hace evidente la primavera que trae consigo el fin de esa época fría y tormentosa para el reino de Sarriko. El enorme castillo se levanta sobre la colina mas alta del poblado, rodeado de casitas de los habitantes que salen esa mañana calurosa a cumplir con sus labores matutinas, el galopar de los caballos dan cuenta del movimiento que se hace presente en el poblado todas las mañanas.
          La luz de la ventana refleja una silueta delicada, que se organiza su largo cabello negro, termina de ponerse un tocado de hermosas piedras en su cuello. La sombra de un hombre alto y de contextura fuerte se dibuja en las paredes de piedra de la habitación. Al iluminarse un poco se observa un hombre blanco de cabello largo y rubio, que camina como con inanición, como si no tuviese voluntad, pese a la fuerza que deja ver su cuerpo. Los pasos de aquel hombre interrumpen a Iraya, quien se encuentra sentada frente a su peinador mirándose en un gran espejo, ella gira su cabeza, y observa, es Trado que ha llegado, pues ella lo ha mandado a llamar. Iraya se levanta tomando de la mesa de su peinador unas hojas.
          — Buenos días, Trado — saluda con una sonrisa muy amable Iraya — ¿Qué tal te ha ido ésta mañana?
        — Buenos días señorita Iraya. ¿Me ha mandado usted a llamar? — contesta el hombre, con una voz tímida y su mirada inclinada
         Iraya mira a Trado, su mente comienza a evocar su pasado, recuerda la profecía que su abuela le dio ese día mientras tejía una bufanda. Esas palabras volvieron a retumbar en su cabeza: “tendrás la oportunidad de ayudar a muchos con tu don, aunque para lograrlo tendrás que poner en riesgo tu presencia, pero verás en aquel hombre tu salida”. Ese día recogió algunas cosas, y tomó el camino al castillo. Al llegar una inmensa puerta de madera se abrió, para dejarle ver un gran pasillo de piedra, adornado con cuadros. Sus pasos retumbaban, su presencia se vio acompañada de un hombre alto y delgado, que le indicó el camino hacia el rey.
       Al adentrarse a un salón oscuro y frio, vio reflejada en la pared la silueta de un hombre fuerte, que cruzaba sus manos en la espalda, unas velas eran la única fuente de luz, pues las ventanas estaban cubiertas con grandes telones rojos.
        — ¡Así que eres tú! ¡Una joven provinciana que tiene la solución de Sarriko en sus ojos!
       — Eso fue lo primero que escuché de tus labios, el rey Trado, reconocí de inmediato esa voz imponente y prepotente, que aún ronca escucho retumbar en mis oídos — dijo Iraya  mirando al hombre que permanecía con su cabeza inclinada — una carcajada me dejó ver tu rostro y acercándote me dijiste:
      — Y ahora ¿qué puedes ver en mis ojos?, acaso puedes conocer mis deseos, o mejor aún… sabes que cumplirás mis anhelos. ¡Cómo olvidar ese instante! Sabias que una ráfaga de visiones llegaron a mi mente en ese momento, conocí tu juventud llena de caprichos y de placeres que tus padres alimentaron, pero también reconocí ese deseo de poder, y tus ganas de retener el trono con ríos de sangre.
        Iraya se acerca a Trado extendiendo su mano blanca,  levanta la cara de él por el mentón, acaricia su mejilla levemente, mientras él la observa con una mirada ensimismada, como si viese en ella la figura de alguien superior.
      — Toma ésta carta, se la a entregaras a Herfus ahora cuando él termine de escuchar los presentes, no respondas a sus preguntas, no le digas ni una sola palabra de éste momento — dijo Iraya con su voz aguda y suave, y acercándose aún más al oído de Trado, le susurró — ve, y aunque te ordene no cumplirás nada de lo que te diga, soy yo a quien debes cumplir y obedecer.
      Trado asintió con la cabeza, y una pequeña sonrisa se reflejó en su rostro, dejando ver esa bella dentadura que daba cuenta de una vida de lujos y cuidados que hasta hace poco había disfrutado, Iraya acercándose a su mejilla  lo besó, la luz de la mañana que entraba por la ventana reflejaba  ese momento.
      Hermosas cadenetas violetas adornan los jardines del castillo, donde se podía apreciar las grandes torres blancas que se alzaban prominentes, representando el gran poder de aquella fortaleza que por años se había constituido como uno de los reinos más seguros y prósperos del país, algunas palomas se refrescaban en la pequeña fuente del jardín donde además se podía ver las grandes esculturas hechas por los artesanos del reino, en conmemoración de los reyes ya fallecidos y cuya administración había sido trasparente. Allí se alzaba la figura de Lipiadez el padre de Herfus, quizás esa estatua de bronce que encandilaba con el sol, era la imagen más cercana que él había tenido de su padre.
     Herfus se encuentra sentado en su sillón rojo, en frente se divisa el jardín y un hombre mayor al que él está escuchando, le da el informe de cómo marchan las cosas en el oeste del reino. Él hombre, termina de hablar y se marcha.  Herfus observa el horizonte con una sonrisa en su cara, como si en la lejanía observará lo más grato de su vida, un suspiro que lanza al aire es la última muestra de su alegría esa mañana. Unos pasos interrumpen la meditación de Herfus, se trata de Trado que trae en sus manos la carta.
       — Buenos días Señor — saludó Trado con la cabeza inclinada
      — El mejor de los días, Trado — respondió Herfus entusiasmado — el sol es radiante, los vientos sólo traen sus mejores aromas, no cabe duda que los dioses me acompañan en mi alegría — agrega Herfus con una sonrisa en su rostro.
    Un silencio se hace presente durante la conversación, Trado inclina aún más su cabeza, tratando de esconder la mirada a su Rey.
      — ¿Te sucede algo? —pregunta Herfus preocupado—, siento que no compartes tu alegría conmigo, acaso hay algo que te atormenta en éste día.
     — Señor, ésta carta es para usted — responde el criado con voz entrecortada— se la envía la señorita Iraya.
    Trado extiende su mano lentamente, Herfus se levanta, se acerca al joven, lo observa fijamente, y le arrebata la carta de la mano, abre las hojas con ansiedad, y se da cuenta que es la letra de su amada, levanta la mirada y le ordena a Trado que se aleje. El rostro de Herfus ha cambiado, ya no tiene la misma mirada con la que despidió al campesino que le trajo buenas noticias, presiente que algo sucede, observa a su alrededor y se cerciora de que no hay nadie cerca que puede verlo, como si quisiera esconderse de un miedo al que conoce, pero al que solo ha vislumbrado de lejos.
     Herfus regresa a su sillón, mira de nuevo a todas partes, trata de abrir las hojas que se muestran arrugas por la fuerza con la que él las ha  sostenido, sus manos tiemblan, en su mente empieza a leer las líneas que están formadas por aquella letra grande y remarcada, con unas curvas que componen los versos más románticos y despiadados.
      “Sé que tienes esta carta en tu manos, sé que estás a punto de conocer las razones por la que me decidí utilizar éste medio, lo vi en los ojos de Trado cuando se la entregué, ¡no lo culpes!, no le digas porqué no te avisó, él tan solo es un sirviente fiel que se ha acostumbrado a seguir mis órdenes. Cuanto me hubiese gustado despedirme personalmente, darte un beso, decirte que eres mi amor, mi gran amor. Pero mis razones son más fuertes que el sentimiento que siento por ti, no quiero hacerte daño, no quiero que te veas afectado, no quiero que dejes de ser tú.”
    Una lágrima cae a las hojas humedeciendo la tinta y esparciéndose rápidamente, las manos de Herfus aprietan fuertemente las hojas, se desploma en el sillón, como si una fuerte carga le hubiese sido arrojada, él en el fondo conoce la razón de esa carta. Vuelve a divisar el jardín, pero para él éste ya ha perdido sus colores, ya todo se ha tornado sin sentido, él se siente como una figura de bronce más, pesada, oscura, sin motivación.
     Un hombre de 45 años con sotana larga y blanca se aproxima al jardín. Su barba roja esconde la cicatriz de una espada afilada que el día del motín contra el anterior rey Trado, marcó la mejilla derecha de su rostro. Frunciendo el ceño entró al jardín, pues los rayos del sol encandilaron sus ojos verdes, que buscaban a alguien con precisión. Se escucha una voz grave y fuerte que llama a Herfus, se trataba de Urko su fiel amigo y ahora representante del reino, llega a buscarlo, lo esperan para el consejo mensual que se realiza para conocer el estado financiero del reino. Herfus levanta su mirada, se siente sin fuerzas para ponerse en pie, pero asiente con la cabeza cuando Urko le pregunta si está listo. Se levanta, disimulando seca sus ojos y camina al salón de reuniones mientras cierra la carta de su Iraya.
      Ambos se saludan mientras caminan por el pasillo, Urko nota que su amigo está un poco decaído, pero lo asocia con los informes que pudo recibir en la jornada de los presentes, no toca el tema, tan solo abre la puerta grande de madera que deja ver dentro un grupo de ancianos reunidos en una mesa hablando, todos hacen silencio y se levantan cuando Herfus entra.  Todos inclinan sus cabezas mientras Herfus los saluda amablemente, respira hondo y procede a sentarse para escuchar los largos sermones de aquellos que lo miran con gratitud y respeto.
     La reunión se torna pesada y aburrida, quizá la mente de Herfus no se encuentra preparada para esos temas de economía y leyes, en su subconsciente sólo ronda el recuerdo de la primera vez que vio a Iraya, esa joven muchacha de ojos azules, inocente pero de carácter fuerte, que se encontraba apabullada detrás de los barrotes de esa celda fría y mal oliente a la que fue consignada, y mientras un viejo profesor habla de las consecuencias que tendría la construcción de un canal de agua en la colina, Herfus abre de nuevo la carta y de una forma muy sutil continúa con la lectura.
     “Aún recuerdo la primera vez que miré aquel anciano a los ojos, miles de visiones pasaron por mi mente, como si fueran una llamarada de reflejos paseando por mis pensamientos. Corrí asustada, pensaba que si huía de ese lugar y me escondía, tal cosa nunca iba a volver a suceder. Llegué a mi casa, me refugié en un rincón de la cocina.  No tardó mucho cuando mi abuela me encontró. En mis ojos observó mi miedo y mi angustia, me tomó con sus manos, me llevó al salón, me arropó con una manta, y me dio algo de beber, se sentó en su silla mecedora, empezó a tejer la bufanda roja, que te he dejado guardada en tu mesón de noche y me comenzó hablar de esa llamarada de pensamientos que habían atormentado a mi existencia.
    — Has visto el pasado de ese hombre, ¿verdad? Es algo con lo que debes a empezar a convivir. Tienes la dicha o la desdicha, de conocer el presente el pasado e incluso el futuro de quienes observes a los ojos,— dijo mi abuela con esa voz que ya por lo años se tornaba entrecortada, me miró de reojo con sus bellos ojos azules, ¡mucho más azules que los míos!, buscando una reacción en mí, pero yo no entendí la grandeza del don que los dioses me habían entregado, y ella lo sabía, por eso buscó la manera de hacerme comprender que era muy peligroso que las personas conocieran mi poder, porque por más fuerte que yo fuera, siempre existiría personas mal intencionadas.
    Al principio lo tomé como un juego, salía al pueblo y buscaba la forma de observar las personas para conocer sus secretos, anhelos y sus logros. No te miento que saqué provecho de esa situación. Recuerdo una vez que a un hombre mayor, que se encontraba frente a la feria, se mostraba indeciso de apostar unas cuantas monedas de oro, pero en sus ojos vi lo afortunado que sería en ese instante si escogiera la piedra roja de la ruleta, me le acerqué y le dije que los dioses lo acompañaban, el hombre sacó sus cuatro monedas de oro, las apostó, triplicando su dinero. No dudó en darme una buena propina, con la que me compré mis primeros y hermosos zapatos de tacón, con los que baile contigo el día de tu reconocimiento como rey de Sarriko, aunque la primera vez que los use, era evidente la poca experiencia que tenía, aunque recuerdo que esa noche que bailamos te diste cuenta que seguía careciendo de esa experiencia que tienen muchas damiselas del poblado usando éste tipo de calzado. Sin embargo tus grandes brazos sostuvieron mi cuerpo cuando perdía el equilibrio, gracias por comprender aquellas cosas, y cada unos de mis defectos, por hacerlos pequeños, por mirarme con una bella sonrisa y hacerme sentir que nada pasaba, porque eso es lo que siento, que a tu lado nada malo me sucede”.
      Una leve sonrisa se ve dibujada en el rostro de Herfus, en su mente diseña la silueta de Iraya caminando entre prados con sus bellos zapatos de tacón, y dando vueltas como lo hacía cuando estaba alegre. Recordando esa noche en la que con una gran fiesta a la que fue invitado todo el reino, se celebro su proclamación como rey de Sarriko, una hermosa velada en la que juro a los ciudadanos trabajar justamente y de una manera honesta por el bienestar del reino. Un suspiro refleja su deseo de volver a ver a Iraya, vestida como ese día, con un largo vestido blanco que ceñido a su cuerpo tomaba la forma de esas  curvas prominentes, con una hermosa corona de flores moradas que adornaban su frente y retenían su melena negra. Pero ahora su presencia la contenía una caligrafía suave y constante que continuaba con la historia de su amada.
      “Pero fui creciendo y con ello llegó la conciencia, el respeto y la caridad. Empecé a ver como mi pueblo sufría las consecuencias de una mala administración por parte del reinado, que dirigido por Trado, estaba siendo llevado a la miseria. Donosty dejó de ser el reino prosperó y equitativo que siempre lo caracterizó, para convertirse en un lugar lleno de hambre, injusticia y desigualdad.
       La idea de salvar el reino con mi preciado don, se convirtió en una tortura cuando vi ese lugar oscuro y frío, lleno de bichos y con un olor nauseabundo, al que me envió Trado. Lloré de solo pensar que tendría que habitar en ese lugar, pero él había sido muy directo, me había dejado claro que si le colaboraba para buscar, “ese bastardo” como se refería al hablar de su hermano mayor, el verdadero heredero del trono, a cambio me daría una vida llena de lujos y placeres que jamás, según él, podría experimentar.
      Pero qué equivocado estaba, pues mi mayor placer se hizo presente cuando vi ese hombre rubio y fuerte, que extendió la mano por en medio de la reja, con un plato de comida, y que con una voz fuerte, pero al mismo tiempo noble, me preguntó mi nombre. Cómo olvidar tu rostro, tus bellos ojos verdes que adornados con esas pestañas rubias y crespas, acompañaban unos labios pulidos y una nariz respingada, un rostro digno de un heredero a la corona”.
       

      Herfus se detiene en la lectura, pues sus ojos aprecian como en las hojas se ven manchas y tinta regada, toca suavemente esa parte, él sabe que son lágrimas de Iraya que inevitablemente había dejado caer mientras escribía, una clara muestra de que sentía al igual que él, una tristeza infinita y un amor sincero.
       Urko que se encuentra sentado al lado derecho de su amigo, escucha al hombre de unos 70 años que expone las necesidades de ampliar los fondos para la construcción del ágora, mira de reojo y observa lo disperso que se encuentra Herfus, y no duda en dar un descanso para preguntar a su amigo que le sucede, pues es algo poco habitual en él.
      Una vez solos en el salón de reuniones, y antes de que Urko pronunciará palabra, Herfus dice:
      — Se ha ido, ya nunca más adornará los pasillos con su larga melena negra, que flotaba en aire cuando los vientos de levante rozaban cada uno de sus cabellos, todo volverá a ser aburrido, el castillo ya no contará con su presencia, atrás quedaron los días en los que el sol resaltaba el blanco de su falda, que se movía al vaivén de esa hermosa figura que ella resalta con sus corsés — dijo Herfus con su voz entrecortada y la mirada encharcada.     
    — ¿Quién se ha ido? ¿De qué hablas? – preguntó Urko aturdido, sorprendido por la confusión de su amigo.
     La respuesta para Urko fue un silencio, Herfus inclina su cabeza para evitar que su amigo vea las lágrimas caer de su rostro, solo tiene fuerza para levantar la carta que Iraya le ha escrito, Urko toma la hoja, y empieza a leer las líneas que se encontraban plasmadas.
     “Saber que ese hombre fuerte se robaría mis pensamientos, mis deseos y se convertiría en el ser más importante de mi vida. Porque antes de conocerte tan solo era joven que buscaba la felicidad sin saber dónde se hallaba tal cosa. Pero tú le diste significado, le diste vida. Pero es una vida que no puede existir, y nadie más que tú, sabes a que me refiero”.
     Herfus se levanta de la mesa, camina a la ventana, suspira.
     — ¿Ahora entiendes de qué te estoy hablando? Se ha despedido, ya no está.
    Urko puso la hoja sobre la mesa y se sentó en una de las sillas.
      Pero… ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué se ha ido? ¿A qué se refiere ella cuando dice que no puede existir? – pregunta Urko, quien con su expresión de sorpresa, daba cuenta de que no sabía nada sobre lo que sucedía, para él las oraciones que había leído no le dejaban claro la decisión que había tomado Iraya, pues él la veía como la futura reina de Sarriko. Sus ojos se fijaron en Herfus, quien parado al lado de la ventana, se frotaba las manos, como alguien que piensa que hacer, pero ve todas las puertas cerradas. Para Urko era imposible pensar, que el portador del anillo de leopardo que tenía esos ojos de esmeraldas que brillaban incandescentemente, representando el poder de quien lo llevará puesto, no podía retener a una mujer indefensa, como él imaginaba a Iraya
     Herfus se da media vuelta, camina hasta la  mesa, se sienta a un lado de su amigo.
      — Es una historia bastante larga, aunque tú conoces mucho de ella, pero no sabes algo…
    Urko interrumpió a Herfus.
    — Creo que dispongo del tiempo para conocer que le aflige a un amigo, y me gustaría saber el porqué Iraya le da fin a esa linda historia de amor que nació en las celdas frías de éste castillo.
     Urko se queda pensativo, recordando a Iraya el día que la conoció, cuando ella besaba la mano del rey Trado como señal de obediencia y de apoyo.
    Al principio Iraya parecía una aliada de Trado, pero era una joven cansada al igual que muchos de la tiranía de ese hombre. Buscaba la forma de interrumpir ese reinado, y se le presentó la mejor oportunidad, la de hacer un motín dentro del castillo para terminar con esa dictadura de horror en la que el reino de Sarriko se encontraba sometido. El día elegido por ella fue la noche de pascua, pues Trado había invitado a casi medio reino a festejar con él. Habían llegado comitivas de otros reinos cercanos, y el palacio se encontraba totalmente revuelto, muchas personas pero pocos preocupados por la seguridad, al fin de cuentas el ambiente era de celebración, la comida y la bebida se veía a manos llenas. Iraya fue sacada de su celda, Trado la quería presentar a los invitados como la hechicera adivina, esa que según él lo ponía en un nivel superior al de sus contrincantes, pero en realidad aquella joven e indefensa mujer, como muchos creían, no pensaba seguir las órdenes de su rey, por el contrario llevaba consigo la idea de acabar con el reinado del Rey Trado.
    Herfus poniéndole una mano en el hombro a su amigo, inicia el relato de una larga historia, Urko se pone en posición para escuchar tal relato, fijando su mirada a la Herfus se fue envolviendo es esas palabras.
    — ¿Recuerdas la noche de pascua, cuando Iraya consiguió las llaves de las celdas, y nos preparo a todos para alzarnos en armas contra la tiranía de Trado?
    Los agentes de Trado llegaron a la celda por Iraya, quien los saludó amablemente y salió con ellos lista para ser presentada como un conejillo de feria, ellos ignoraban que minutos antes, la joven e indefensa mujer, había abierto cada una de las celdas de los demás convictos y las había dejado sin cerradura, y mucho menos tenían conciencia de que a cada uno de los criados y reos los había dotado de espadas y cuchillos. Todo estaba preparado tan solo debían esperar unos minutos después de que ella fuera sacada de la celda.
    Fue la última vez que ella caminó por ese nauseabundo y oscuro pasillo, los guardias le limpiaron un poco la cara, para evitar que los invitados conocieran las condiciones tan precarias a las que eran sometidos lo reos de Trado. Al adentrase al salón Iraya pudo apreciar el colorido de unas flores hermosas, su olor a lavanda perfumaba la atmosfera que a no ser por la presencia de presumida y tirano Trado sería perfecta. El la vio adentrarse sumisa y obediente, sonriendo se levantó del trono, tomó la copa de plata que reposaba al lado en una mesa llena de exquisitos platos, la levantó dejando ver el grande anillo de leopardo con el que fue coronado como rey de Sarriko para dirigir el reino de la manera más justa y honesta, juramento que nunca había cumplido, pese hacerlo en el lecho de muerte junto a su padre, quien después de haberse rendido en la búsqueda de su hijo mayor, enfermo y no le quedó más remedio que dejarle el trono a su hijo menor, aunque conocía esa actitud codiciosa y prepotente que Trado tenía.
Los invitados hicieron silencio, tan solo murmullos de las damas, que alababan el soltero rey se escuchaban, Trado sonriendo y haciendo una seña a Iraya, empezó a presentar la joven hechicera como su aliada. Iraya subió las escalas, se puso al costado izquierdo de Trado, mientras este hablaba de todo lo que lograría con la hechicera a su favor, Iraya se puso un poco atrás sacó un cuchillo y encuelló el presumido rey, quien soltó la copa y trató de forcejear, sin embargo el cuchillo se encontraba muy cerca de su vena aorta, cualquier movimiento lo desangraría de inmediato, la guardia trató de reaccionar, pero ya era tarde todos los reos y criados se encontraban alrededor y armados, el rey estaba en jaque mate, sin embargo la guardia se enfrentó con los criados, Trado se soltó y corrió, Herfus lo alcanzó y lo sometió al suelo.
— ¡Cómo olvidar ese momento en el que tú tenías a Trado sometido en el suelo, los gritos de todos los sirvientes aclamando la elección de un nuevo Rey! – exclamó Urko con la mirada fija en su amigo, quien seguía triste.
Iraya se subió a la mesa, con una espada en su mano, miró a su alrededor y dirigiéndose a todos los asistentes proclamó:
— Claro que necesitamos un nuevo rey, uno legitimo, el verdadero heredero del trono, pero no hay buscarlo, porque él se encuentra entre nosotros desde hace mucho. Todos sabemos que nuestro ya fallecido rey Lipiadez, busco a su hijo mayor, sin éxito alguno, a pesar de que estuvo muy cerca de él todo el tiempo ­— mientras Iraya, hablaba los asistentes la observaban perplejos y Trado la miraba con odio.
       Los vellos de Herfus se erizaron, la emoción que le causaba a su cuerpo recordar esa noche era palpable en su piel. La mirada que Iraya le hizo después de sus palabras, y cuando confesó mirándolo fijamente a los ojos:
— Porque el verdadero heredero del Trono eres tú, Herfus, tú eres el hermano mayo de Trado, aunque muchos no entiendan el porqué, pero yo lo he visto en tus ojos, tú eres el oculto hijo mayor de Lipiadez.
Trado empujó a Herfus, quien lo tenía sometido en el suelo, se levantó rápidamente y corrió hasta donde estaba Iraya, la miró, y fríamente ella le confesó cómo conocía toda la verdad, pero no estaba dispuesta a entregar la cabeza del hombre que era digno de llevar las riendas del pueblo de Sarriko.
        Trado al ver que Iraya lo estaba desarmando frente a todo su reino y los representantes de los reinos vecinos, trató de interrumpir el discurso de Iraya, la tomó por la cintura, y mirándola a los ojos la besó. Ella que ya había visto lo que sucedía en los ojos de Trado, le correspondió a su beso. Los asistentes se encontraban aturdidos, no comprendían nada de lo que sucedía, Iraya empujó a Trado, lo miró a los ojos, sonrió, él en cambio se mostraba aturdido, pasmado. Iraya le ordenó que se quitara el anillo y que él mismo se lo entregara a su verdadero dueño a Herfus. Trado obedeció las palabras de Iraya sin poner ninguna objeción al respecto.
— ¿Tú me estás diciendo qué la reacción que Trado tuvo y ha tenido todo éste tiempo no se debe a un trastorno causado por la perdida el poder, sino a un hechizo por el beso que le dio a Iraya? – pregunto Urko asombrado por el relato que su amigo le estaba contando. 
— Esa noche — continuó contando Herfus, — me di cuenta del poder de Iraya, cualquier personas que la besase, se convertiría en su súbdito, en su esclavo, Trado buscando una forma de callar sus palabras, enmudeció su alma, perdió su vida, pues desde ese instante se convirtió en ese ser meditabundo que sólo cumple las órdenes de Iraya y de quien ella le ordene.
        

      Urko miró a Herfus, quien ya se mostraba más tranquilo, entendía ya el  porqué ese amor de él e Iraya no podía existir, no tenía palabras para consolar a su amigo, no podía como en otras ocasiones darle una respuesta lógica.
         Herfus toma de nuevo la hoja, la mira y lee las últimas líneas susurrando:
       — Es por eso que me alejo, porque vivir a tu lado conociendo mi sentimiento y el tuyo, y viendo ese deseo de ambos de finiquitar lo que sin tocarnos sentimos, es una tortura a la cual no debo someterte más, he entendido que poseo un don, pero que como toda virtud que nos dan los dioses, existe una condición para tenerlo. Un beso… Iraya.
      Herfus se levanta de la silla en la que se encontraba, mira la hoja, la huele, y mientras caminaba al balcón la besa. Una vez en el balcón observa los cuatro caballos que arrastran el carruaje de Iraya, salen del castillo, en él va Iraya con todas sus pertenencias, incluido Trado, quien sentado en la parte posterior del carruaje, mueve la mano en señal de adiós. Herfus lanza un suspiro, como si quisiera enviarle a Iraya, ese beso que le dio a la carta con su aliento.

Crystal // Diego PAMPLONA


       ¡Desperté! Todo mi cuerpo se sentía ligero, igual que un trozo de papel al ser liberado de su prisión de argollas. Limpio y liso, no arrugado, volando con fuerza a merced de las fuertes ventosas en alguna ciudad del norte. Igual que en la que me encuentro en este momento. Una ciudad fría y gris, con edificios muy parecidos a los de mi lugar de origen Isla Dragón, pero con algo que las diferencia. Su extraño color grisáceo, apagado y triste, como si las almas de las edificaciones hace mucho hubiesen huido de aquí; como si algo le faltara a este gran titán de asfalto, algo que no lo deja estar a su cien por ciento.
     Muchos pensarán que cuando empecé mi relato me encontraba en una cama. Durmiendo en algún tipo de hostal, hotel, calle, o en una banca en la estación del tren, donde puedo libremente amar la inmensidad de la ciudad y describir su estado de ánimo a la perfección. Pero no es así, desperté, sí. Pero desperté en el aire a miles de metros de altura, perdido y confundido, en un lugar que no reconocía como mío, al cual tal vez nunca podré llamar hogar.
     Al parecer no estoy muerto, ya que no me encuentro en el cielo o el infierno, y no es que crea en ese tipo de cosas pero, tampoco sé a dónde vamos después de la muerte. Estoy en el medio; con la tierra a varios metros de mis pies, donde el infierno está aún más abajo. Con el cielo a varios metros de mi cabeza, donde el cosmos está aún más arriba. Sigo flotando sin rumbo alguno, traspasando muros. Sí ya sé, como un fantasma, pero les repito, no estoy muerto.
     En este momento se me dificulta probar mi existencia, solo lo siento en mi interior, estoy en este espacio y tiempo, soy algo existente e invisible, vagando sin rumbo, sin saber qué me depara el futuro.
    Sigo avanzando un poco más bajo, casi tocando el piso. Al doblar una esquina llego hasta una calle solitaria con una larga y ancha carretera. La vegetación intenta devorar al titán de asfalto, pero la ciudad hace todo lo posible para huir, así que noto claramente como estas se separan, vegetación a la izquierda, ciudad a la derecha.
    Floto con la cabeza abajo, deprimido al punto de la tristeza. Quién no se siente así al saber que es un espectro que nadie recuerda, o tal vez, que soy el único que conoce mi existencia, intento no pensar en eso ya que con tanta soledad me volvería completamente loco, adelante sin notar nada a mi alrededor siento como traspaso algo, pero no es un objeto sin vida como una pared, ya que la imagen de mi hermana aparece de pronto en mi cabeza, siento un corazón palpitando, y una serie de pensamientos desordenados intentando tener una conexión coherente.
    Giro mi cabeza lentamente y mis ojos ven una hermosa niña, inmediatamente su angelical esencia cautiva mis sentidos, así que decido seguirla. Yo no tengo nada mejor que hacer sino flotar por un plano astral donde puedo ver a la humanidad ser lo que son, pero ellos a mí no me pueden ver ser yo.
    Al acercarme, por obvias razones ella no nota mi presencia, ni siquiera un soplo frío atraviesa su espina, solo sigue, pero yo me siento tan atraído que no puedo dejarla ir.
    Una niña de piel blanca como la más fina de las hojas de dibujo, ojos color café oscuro, algo vacíos y apagados, cabello negro como el carbón. Nunca había visto una ausencia de colores tan hermosa como la de su cabellera, tiene una bolsa de extraña apariencia en su espalda, me acerco un poco más, hasta estar tocando su hombro con mi rostro, a pesar de que camina con rapidez no suda, así que olfateo a su alrededor. Su olor corporal me deja atontado. A rocío de invierno, a mañana pura en algún pueblo fresco libre del humo de la ciudad. Me recordó mi hogar en las frías montañas, un sutil toque a vainilla me eriza la piel. El mismo olor de mi hermana Isabelle. No puedo dejar de seguir a esta chica, y ya que no sé cuándo volveré a mi estado normal, decido acompañarla por el resto de su día.
    El sol brillaba con intensidad así que creo que son alrededor de las dos de la tarde, más adelante un joven de aspecto algo desagradable y dejado por la vida la detiene, antes de que en mi cabeza pensara que la van a robar, algo en él me dio confianza. Resultó ser un familiar para ella, ya que lo abraza sin pensarlo dos veces aparentándolo con gran fuerza. La inocente chica menciona el nombre de Luca y le pregunta:
    — ¿Qué haces aquí hermano?
   Él le responde inmediatamente de que se le olvidó el dinero para el almuerzo en el comedor, le entrega el dinero. Por cierto una denominación de la que no estoy enterado, y eso que uno de mis pasatiempos favoritos es coleccionar monedas de diferentes partes del mundo. Nota mental, coleccionar una moneda de este país. Para retomar, ambos sonríen y se vuelven a abrazar. Él se marcha, pero sin antes un pequeño sermón de su hermana; ella le recuerda que hoy es su cumpleaños y que lo espera en la noche para que vayan al cine juntos,
    — Claro que sí hermanita, no me lo perdería por nada del mundo, celebraremos juntos— contesta Luca.
   Al rato se marcha, su inmenso amor me recuerda al que tenía con mi pequeña Isabella, la cual murió en manos de las aberraciones existentes en mi ciudad, los hermanos destructores del bando enemigo encargados de tomar la ciudad Isla Dragón y así buscar las codiciadas armas ancestrales.
   Caminamos unas cuadras más hasta llegar a un lote abandonado engullido por la vegetación, al igual que un monstruo dormilón comiendo a sus enemigos, devolviendo la tranquilidad a su vida sedentaria; en el centro se encuentra postrado un gran árbol de épocas pasadas, la chica se detiene de repente mirando con asombro el lugar, su cabeza tapa mi gran visión. Soy conocido en la ciudad por tener la mejor vista de todas; así pues que me muevo un poco a la derecha.
   Una espada enterrada en el ser de madera y hojas, la chica se queda mirando un rato como hipnotizada. Cómo me gustaría entrar en su mente y saber lo que piensa en este preciso momento.
   Estira su brazo lentamente como queriendo agarrar la espada, ella sonríe y su rostro se ilumina por una pequeña llama azul que sale del mango del filoso artefacto. Tengo un extraño sentimiento dentro de mí, un sentimiento que me llena de nostalgia al ver el resplandor, estoy ansioso por saber qué sucede cuando la hermosa dama agarre la misteriosa espada; de inmediato y sin aviso, el oscuro cielo se abre suavemente, muy suavemente para dar lugar a una pequeña apertura de la que un tenue rayo de luz entra y pega justamente donde nos encontramos.


     Una habitación larga donde las tinieblas abrazan cada rincón del salón. Tal es la oscuridad que fácilmente una persona se puede llegar a sentir como si estuviera en la nada, antes de la creación del universo. La puerta se abre, entra una persona, cada vez que camina por el largo salón se van encendiendo luces rojas sobre la cabeza de unas fuertes gárgolas, con miradas penetrantes y furiosas, con formas inimaginables de bestias inexistentes; los pasos de este individuo se sienten, como la pisada de un titán, resonando casi a la par con las luces que van dando forma al lugar, llega al final de la habitación, se encienden las últimas cuatro luces en lo que parece ser una cama de madera, con acabados de una especie de mineral negro, patas retorcidas con puntas de diamantes y una gárgola que supera a las demás en monstruosidad adornando la pared encima de la cabecera.
     El ambiente se siente tenso, muy pesado. Un humano normal no soportaría tal presión, en dicha cama hay un hombre cuyo rostro no se ve ya que la iluminación está de tal forma que solo es visible del cuello hacia abajo, el ser que entró a la habitación se arrodilla, es un hermoso hombre de finos rasgos que cualquiera que no mire detalladamente lo podría confundir con una mujer, su piel es blanca, su cabello largo hasta los hombros y de un color rojo carmesí como las hojas de un arce japonés, con un porte de caballero noble, pero sin la vestimenta adecuada. Sus botas son lo único que tiene de caballero, son metálicas y opacas. Casi negras, tiene un pantalón negro bombacho, y un camisón negro tipo samurái bien puesto con las mangas cortas y en hilachas, su camisa samurái es sostenida por un cinturón de tela envuelto varias veces dejando asomar al final un pedazo, tiene vendas rojas como guantes que cubre toda la mano y el antebrazo, porta en látigo en su cinto el cual se encuentra enrollado.
    — Cronos acaba de encontrar la señal de Vulcano, está en otra dimensión como lo temíamos, no me caen muy bien las otras dimensiones, no entendemos que hace Vulcano allá — dice el hombre de las botas opacas de nombre Accidia. Dando honor a su nombre con su clásica apatía, odiando todo a su alrededor y mostrando poco agrado. Lo único que desea es poder y dinero, aunque tampoco es que se la lleve muy bien con estos dos. La única forma en la que este ser lleno de odio e indomable hace caso al extraño hombre se debe a que aquél posee una de las armas ancestrales que puede controlar la mente de ciertas personas, su poder es algo misterioso ya que no se fija si es de buen corazón o malo. Simplemente controla a algunos y a otros le es imposible.
     — ¿Qué esperan? Vayan por él. ¿Entienden que Vulcano es una de las seis armas ancestrales? Y si está en otro mundo su gran energía puede desgarrar ambos universos y destruirlos, Accidia lleva a tu hermano Empathy y me traen esa espada de una vez por todas— contesta el hombre en la cama algo molesto. Accidia lo mira sin expresión alguna. Se marcha.
    Esta chica es muy persistente, han pasado veinte minutos y sigue intentando sacar la espada del árbol, pero quién la puede culpar, tan bello objeto no es para dejarlo ahí, y mucho menos que caiga en manos que quieran solo dinero y lo vendan a cualquier persona que no lo sepa apreciar.
    Hace tanta fuerza que sus libros se caen, ya que el maletín está un poco abierto, observo uno de los cuadernos en el piso y veo en él la frase “Pertenece a Crystal” Así me entero de su hermoso nombre, Crystal. El cual nunca olvidaré. Así mi esencia deje de existir en este plano.
     Tras un buen rato la chica logra sacar el misterioso sable del árbol, es una espada recta, muy parecida a la que tiene los ninjas. Ya que como todos sabemos las espadas de los ninjas son totalmente derechas sin curva, a diferencia de las de los samuráis, las cuales son muy arqueadas, pero esta que tiene Crystal es muy ancha en su hoja, es cuatro veces más robusta, el protector de la mano es de la misma anchura; pero su mango es igual que una espada normal. Parece ser muy pesada, pero Cystal la puede coger con facilidad.
      Al terminar de admirarla teme que alguien se la quite y saca de su maleta un largo manto azul aguamarina envolviéndolo en él, faltaba una parte por cubrir y Crystal lo hace con tal rapidez que el dedo se le va en la hoja, ella se asusta pero misteriosamente no se corta, la toca muchas veces haciendo presión; muy asombrada pero sin que su piel se desgarre, acomoda su nueva adquisición en su espalda y nos marchamos.
     En un bosque lleno de luz, sin vida alguna; a su alrededor hay un lago solitario con sus aguas en calma, tanta es la calma que se logra escuchar el eco de la nada y cada hoja o piedra que caiga en sus aguas es como un estruendo colosal, en unos segundos comienza un ritual inusual de ondas danzantes con más y más rapidez, debajo del agua aparecen las formas de dos hombres excepcionalmente secos, uno de ellos es el que estaba con esa persona postrada en la cama de la habitación hablando, el otro debe ser su hermano Empathy; requerido para la misión.
     Logran su aparición en este elemento líquido ya que el agua no es solo vida, es la conexión entre todos los universos, mundos y dimensiones de esta existencia llena de misterios. Caminan con prisa como si supieran hacia donde se dirigen desapareciendo entre los árboles.
     Acompaño a Crystal a unas clases para mejorar la técnica de la espada, aquí se le conoce como esgrima. Ahora entiendo el interés que tuvo desde un inicio cuando encontró el arma enterrada en el árbol, por lo que veo es muy buena con esta técnica, pero también noto que a la hora de relacionarse con los demás es muy tímida ocultándose tras su espada de madera la que usa para ensayar.
    Unos chicos se acercan a ella, son cinco en total, no puedo explicar el por qué siento la esencia de las personas y las intenciones que vienen tras de ellos. Estos chicos no traen buenas energías y al acercares me siento algo incómodo. Ellos la saludan amablemente pero con una mirada de superioridad, ella apenas puede juntar dos palabras en un intento de saludo. El chico del frente, le comenta sobre el torneo de esgrima que se aproxima la semana entrante, él sonríe y le dice que mejor se pase a la sección de mujeres, que ella no tiene nada que hacer aquí. Crystal lo mira con la cabeza abajo y logra decirle que ella quiere competir contra los hombres en el torneo, ya que quiere ser la más fuerte. Todos se echan a reír y el rubio que parece ser el líder del grupo, empuña su espada de madera, lanzando un grito de batalla.
    — ¡Vamos! Tengamos un combate aquí mismo, una niña de 15 años no me derrotará. ¡En posición!
    Crystal lo mira con miedo, muy nerviosa y temblando le responde que no deben luchar sin el permiso del instructor. El chico baja la espada, sonríe de nuevo y con un fuerte golpe le tira la espada al piso, se aleja mientras los demás le patean su espada lejos. Crystal va por ella y se sienta en una esquina sola, desviando la mirada, intentando evitar los penetrantes ojos de los demás. Levanta su mirada por un instante, pero no alcanzo a ver de lo que se trata, su rostro se llena de esperanza. Al concentrarme descubro un cartel de un torneo de esgrima, la linda Crystal desea con mucho esmero ganar ese torneo.
    Después de un breve descanso vuelve al ritmo de la práctica nuevamente y así pasan seis horas hasta que poco a poco la noche cae, ella regresa a casa entusiasmada. Llegamos al sencillo hogar. Una casa verde con techo blanco, dos ventanas con cortinas color crema, tiene un tapete en la puerta principal que dice bienvenido, Crystal abre la puerta de color caoba usando su llave dorada y entra, se quita rápidamente los zapatos y deja el maletín con la espada en su habitación escondiéndola debajo de la cama, corre entusiasmada a través del largo corredor hasta llegar al comedor de su hogar, entra con gran euforia a la sala esperando encontrar a alguien pero, no hay nada, ni siquiera un cartel que diga feliz cumpleaños o un pastel frío de fresas con bordes crujientes, su tipo de pastel favorito.
   Su rostro pasa de una desorbitante alegría a una tristeza profunda, puedo entender que siente la más infinita soledad ya que de alguna extraña manera experimento una conexión con esta chica. Se sienta en la mesa del comedor a llorar en silencio, ya son las siete de la noche y la casa se encuentra en una quietud absoluta, donde ningún objeto hace ruido alguno. Solo se escucha el mermado quejido de la pobre Crystal.
    Debería haber una fiesta y mi Crystal debería estar feliz, no sentada en el comedor en medio del silencio y la penumbra.
   Los hermanos de otra dimensión caminan por las oscuras calles de Electric City pasan por la vista de aquellos que se cruzan por su camino y se detienen para mirarlos con asombro por su extraña vestimenta y peligrosas armas a la vista. Ellos simplemente ignoran la existencia de todas estas personas, su único interés es el arma ancestral “Vulcano”. Representado en una espada y que viajó a este mundo por razones que ellos desconocen, así que para los hermanos de la destrucción estas personas son solo seres inferiores que no merecen su atención.
  Siguen avanzando sin ninguna preocupación, tras los comentarios de las personas que afirman descaradamente que ellos son actores de teatro; otros más arriesgados osan llamarlos locos, Accidia se detiene, levanta su mano con gran imponencia y mando. Su hermano se queda quieto por completo al ver esta señal, sonriendo y esperando las órdenes pertinentes.
     — ¿Qué sucede hermano? Me agrada detenerme para descansar, pero debemos encontrar a Vulcano pronto— dice Empathy con su tono de aprobación y agrado a todo como es de esperarse de él.
    — Cállate, a mí no me agrada detenernos tan bruscamente, pero recibo una señal de Cronos — responde Accidia con su apatía clásica.
      — ¿Qué? — responde Empathy levantando un poco la voz.
    — Cronos realmente es un arma ancestral digna de aplaudir, recibe la señal de las otras armas ancestrales así una de ellas esté en otra dimensión, me deja muy entusiasmado.
     — Cómo me gustaría tenerla en mi poder… — comenta Empathy emocionado con un brillo en sus ojos, casi botando babas al pensar en Cronos. — El arma ancestral de identificación, la cual sirve como rastreador de grandes energías.
   — Qué te calles, no me dejas concentrar — le reprende su hermano al haberse estresado por la palabrería de Empathy, así que él inmediatamente se tapa la boca y no dice nada más.
     — Es por aquí, vamos.
     Señala un camino que lleva hacia los suburbios de esta ahora oscura y fría ciudad, donde el viento sopla con fuerza haciendo helar hasta el más cálido de los corazones.
     Han pasado dos horas, son las nueve de la noche y el reloj no se detiene ante nada ni nadie, ni siquiera una pobre niña de la cual su único hermano olvidó su cumpleaños, no puedo soñar junto a ella ya que mi cuerpo astral no siente cansancio ni deseos por dormir. En un instante un extraño estruendo hace saltar de susto a la pobre Crystal, corre rápidamente hacía la salida de la casa y mira por la ventana. Por supuesto yo voy con ella. Una extraña máquina de metal afuera con cuatro ruedas hizo un desastre en el pequeño jardín de la casa, de ahí se baja un hombre. Al observarlo mejor se trata de Luca, el hermano de Crystal, baja muy azarado, corre a la casa y entra con rapidez. Crystal muy enojada le reclama por haber roto su promesa, pero él a duras penas le pone cuidado.
     Entra a la habitación y saca una maleta. Sale de nuevo de la casa, sin dar espera otra máquina metálica de cuatro ruedas irrumpe el lugar tirando a Luca al césped.
      — ¡Hermano!— grita ella con un terror inexplicable en su rostro.
      Me encuentro sin saber que hacer ya que en este estado soy un inútil completo.
     Se bajan tres hombres del auto, todos con sus cabezas rapadas reclamando algún tipo de dinero que les pertenece, pero Luca les dice que esto fue todo lo que logró reunir; pidiendo más tiempo para conseguir lo que falta. Los hombres muy molestos lo golpean con una furia asesina. Crystal intenta salir pero su hermano con una seña de su mano la detiene.
     La sangre brota de su boca y nariz como un grifo abierto a todo dar en algún país con mucha sed. Crystal corre hacia su habitación y debajo de la cama saca la funda, extrae la espada mientras corre de nuevo a la salida.
      ¡BAM! Un extraño y fuerte sonido retumba en mis oídos, la chica se detiene por un momento, como si la vida se le fuera entre los dedos. Apenas y tiene fuerza para dar un paso cada dos segundos, abrir la puerta y ver el trágico suceso inesperado, uno de los hombres con una extraña arma de fuego le dispara a Luca y este cae muerto inmediatamente.
      La niña con sus pasos lentos sale de la casa, empuñando la espada. Con tal fuerza que sus manos se ponen rojas y sus nudillos duros. Los hombres la ven y no hacen mayor caso, solo guardan el arma, agarran el maletín y se aproximan al auto.
     Observo con detenimiento los ojos de la niña, parece que el tiempo se ha detenido a su paso y solo domina la furia en su interior. No oye, no habla, no ve, no razona. La ira domina sus sentidos y su espacio alrededor de ella. La espada enciende una brillante llama, pero ahora no es azul como la vez anterior. Se trata de una llama roja intensa, como si un demonio luchara contra un dragón y juntos escupieran tal cantidad de lava que todo se marchitara, dejando a su paso el fuego eterno que aviva el odio.


     Antes de que me percate… Crystal corta a los tres tipos en pedazos, ante la mirada horrorizada de los vecinos y demás, los gritos no se hacen esperar, creando la tormenta perfecta en el día equivocado; intento algo atrevido en mi condición de espectro, entro en el cuerpo de la chica obligándola a huir del lugar.
     Dentro de ella veo parte de sus recuerdos, su amor por ese hermano que yace muerto en el césped, su dificultad para comunicarse con las demás personas y como carece de esa confianza, autoestima y amor por sí misma para convertirse en un ser perfecto. Entramos a un espeso bosque cerca de su casa donde nos perdemos entre la bruma, corriendo, corriendo y corriendo hasta que sus piernas y mi concentración no dan para más.
    Una mano levanta el brazo de Luca, se trata de Accidia que le mide el pulso. De nuevo la señal de Cronos invade el ambiente detectando la espada Vulcano a pocos metros, ambos hermanos aumentan la velocidad y se adentran en el bosque con rapidez.
     Salgo de la mente de Crystal que está arrodillada en el frío pasto, empieza a llorar por su hermano, suelta la espada.
    Al mismo tiempo que los hermanos de la destrucción hacen de las suyas en el planeta conocido como Tierra, el misterioso hombre postrado en la cama se para muy lentamente, se sienta en una silla y es transportado en ella por una serie de esclavos encadenados y sin lengua. Son seres que hace muchos años perdieron su humanidad y solo están en ese mundo para servir a este tirano poseedor de una de las armas ancestrales.
     Salen de la habitación y por arte de magia las flamas en las gárgolas se apagan solas y la puerta se cierra de un golpe.
    Al salir del cuarto le avisa a una serie de guardias que los hermanos han encontrado a Vulcano, que pronto la tendrán en su poder y que él se debe preparar para el ritual de aceptación de un arma ancestral, al tiempo que va caminando se le van uniendo más y más guardias que lo escoltan. Salen de estos corredores hasta un inmenso patio trasero donde a lo lejos se ve una montaña rocosa con una pequeña iluminación en el centro, el ser señala con su dedo y todos emprenden el viaje hasta allá.
    Unos pasos cada vez más fuertes en el bosque se acercan a nosotros, miro alrededor y veo unas sombras que vienen a gran velocidad, son dos hombres que se detienen de inmediato frente a nosotros. Crystal los mira desprotegida a su vez que ellos sonríen. Al detallarlos mejor me entero que son los hermanos de la destrucción, los que en algún tiempo mataron a mi pequeña hermana Isabelle.
     — Hermano, el arma ancestral Vulcano eligió a una persona de otro mundo. ¡Oh! Qué hermosa niña, me cautiva con su aroma, siento afinidad con ella, no la matemos— dice Empathy olfateando con esmero.
    — No digas tonterías, a pesar de que la odio dejaremos que nos entregue la espada y se podrá marchar — responde Accidia.
    — Pero hermano, sabes que al ser elegido por un arma ancestral no puedes obsequiarla a nadie, porque es una parte de ti, te hace un ser completo, la única forma es matarla, no quiero matarla. Me simpatiza, pero la muerte misma también me agrada, qué dilema. Quiero besar la mano de la muerte una vez más— dice Empathy con entusiasmo.
    — Yo odio su rostro, pero podemos llegar a un acuerdo— contesta Accidia.
    — Está bien… pero quiero ver a la muerte, me agrada— replica Empathy
   Accidia se acerca a la asustada niña, y yo impotente sin poder hacer algo, no la puedo ayudar en esta forma, así que me doblego ante mis impulsos, me elevo rápidamente y desaparezco.
    Crystal agarra la espada, ahora la llama azul la envuelve igual que la primera vez, una llama cálida, que da seguridad y poder. La niña muestra un rostro bañado en miedo pero dispuesta a todo, adquiriendo confianza poco a poco.
   — Mira niña, te diré esto así, esa espada es una de las seis armas ancestrales de nuestro mundo y solo elige a una persona, al parecer es a ti a quién eligió, y vino hasta aquí solo para reunirse contigo. La cuestión es esta, si la espada de nombre Vulcano se mantiene en este mundo más tiempo su tremenda energía será inestable aquí, ya que no pertenece a este lugar, debe volver a nuestro universo para que ambas dimensiones no perezcan. Y como no la puedes dejar ya, deberás venir con nosotros, o la solución más rápida es matarte y reclamar el arma — dice Accidia con frialdad.
    Él hace un intento de sonrisa, solo puede articular un horrible gesto demoniaco en su boca, que da por resultado una sonrisa muy macabra. Levanta su mano derecha, en un arroyo cerca abre otro portal, lanzando un extraño aparato parecido a una tableta digital al agua, saca su látigo del cinto. Crystal sabe que la matará de inmediato y lo intenta atacar, él esquiva el ataque con una gran velocidad.
    — Veo que tomaste tu decisión ya… ¡muere!
    — ¡Sí! Quiero ver a la muerte, somos camaradas — grita Empathy con mucho entusiasmo.
    Un puño fugaz aparece de la nada, golpeando a Accidia tan fuerte que lo manda al otro lado frente a un árbol. Es nada más y nada menos que Luca su hermano muerto, pero con sus ojos blancos.
   — No te asustes Crystal, discúlpame por coger sin permiso el cuerpo de tu hermano, pero debía ayudarte. No temas.
    — No entiendo qué está pasando, qué es todo esto— murmura Crystal muy confundida, con lágrimas en sus ojos.
    Luca la va a agarrar de la mano para sacarla de allí, pero coge la espada y esto le devuelve una serie de imágenes que lo ayudan a recuperar su memoria, al mismo tiempo una serie de imágenes en la cabeza de ella la hacen sentir con confianza. Como si ya lo conociera.
    El ser espectral se entera de que él es el Luca del otro mundo, recuerda que Crystal es la misma Isabelle solo que de esta dimensión, por eso su atracción y amor incondicional por ella. Ahora más que nunca la debe proteger. Empathy ataca de sorpresa gritando que le cae bien pero debe morir, Luca lo esquiva y de una patada hace que se desplome en el piso. Luca le dice a Crystal que confié en él que solo la quiere proteger, ella no siente ningún mal que provenga de él y acepta. Empathy se dispone a atacar pero Crystal con sus conocimientos en esgrima bloquea el ataque, le corta el pecho y la espalda, Empathy grita de dolor pero luego menciona su agrado por este, Luca lo patea mandándolo a volar hasta donde su hermano. Ambos caen.
   — Debemos volver a mi mundo, ellos tienen razón si sigues aquí con la espada ambos universos se destruirán— dice Luca.
    — Está bien, ¿pero podré volver?
    — Te prometo que encontraré la forma — le sonríe Luca.
    Intentan cruzar el portal que Accidia abrió anteriormente pero es imposible para Luca, algo lo repele. Esto se debe a que Luca de la otra dimensión al estar en el cuerpo de Luca de este mundo, crea una anomalía que hace que el vórtice rechace los cuerpos. Solo debe pasar uno al tiempo, Luca fantasma deja el cuerpo y este cae al piso de una forma contundente, Crystal no puede resistir ver el cuerpo de su hermano de esta manera, así que se arrodilla y lo levanta con ternura, acariciando su rostro y mirándolo fijamente.
     Por una extraña conexión al tocar la espada Luca fantasma ahora se puede comunicar con la chica así esté con su cuerpo espectral.
     — Creo que debo cruzar de esta forma y encontrar mi verdadero cuerpo en mi mundo, vamos— Luca le dice con insistencia.
     — No puedo dejar el cuerpo de mi hermano aquí.
     Crystal se seca las lágrimas.
    — Entraré yo primero y luego tú lo arrojarás al portal, ambos en el mismo cuerpo no podemos entrar, creo que hay una forma de devolverle el alma.
     — ¿Puedes revivirlo?— pregunta ella con esperanza en sus ojos.
    — Conozco una forma, lo intentaré, pero vamos ya, iré yo primero, te esperaré del otro lado. No tengas miedo.
    Después de decirle esto Luca fantasma entra al vórtice, Crystal levanta a su pesado hermano y con un esfuerzo sobrehumano lo lanza en el infinito portal de vivos colores. Ella se dispone a entrar cuando el látigo de Accidia agarra su cuello. Ella suelta la espada, los hermanos se acercan a gran velocidad con dureza en sus pisadas.
    — ¡Te mataré aquí mismo!
     Accidia se acerca rápidamente. Crystal toma la espada y la empuña, su brazo toma impulso.
   — Creo que si esta espada me eligió a mí no puede ser usada por nadie más así que…— la lanza con todas sus fuerzas a través del vórtice. La espada se pierde en el infinito de camino al mundo que pertenece.
  — ¡Me agrada esta chica, bastante! Acaba de arrojar la espada para que no la encontremos… — comenta Emphaty riendo a carcajadas con su inigualable buen genio.
   — Pero es inútil, de igual manera te mataremos aquí, solo es usar a Cronos para que la encuentre de nuevo, no nos tardaremos menos de un semana en poder hallarla, tu intento fue en vano.
    Al escuchar estas palabras de Accidia la chica pierde todas sus esperanzas.
    — Pero, hermano… Si la matamos eso quiere decir que la espada buscará a un nuevo elegido, y puede que si lo encuentra nuestro trabajo sea más difícil. Hasta imposible, ya sabes que hay tipos muy fuertes en nuestro mundo.
    Accidia escucha las palabras de su hermano, se queda en silencio un momento. Cambia su rostro a enojo y de repente y sin aviso cachetea a la chica.
   — ¡Demonios! No es viable que alguien más fuerte obtenga la espada, podría destruirnos. Debemos llevarla con nosotros y buscarla. Mientras pertenezca a ella ningún otro ser humano podrá hacerse con el arma ancestral Vulcano.
    Accidia termina de hablar y maldecir por su frustración, agarra a Crystal y los tres cruzan el portal.
   La vida del amado hermano de Crystal se ha esfumado, su hilo de vida ha sido cortado por las implacables Moiras. Dueñas y señoras del destino, poseedoras de la vida de cada ser vivo en la tierra, pero hay una oportunidad para devolver el alma a su cuerpo. Esa es la esperanza que Luca de la otra dimensión le sembró a Crystal en su corazón para que siga adelante en esta búsqueda que le espera.
     Los hermanos de la destrucción no obtuvieron lo que buscaban por completo, pero tienen a la elegida de Vulcano, lo cual resulta valioso y mucho más alentador que irse con las manos vacías. Ahora deberán regresar a su dimensión con esta chica para así encontrar la tan anhelada arma, cuya existencia hace parte de otras con un poder que aún desconocemos.
     Por otra parte un hombre misterioso jefe de los hermanos Accidia y Emphaty se dirige hacia una montaña con un ejército de hombres, con un fuerte plan entre manos mientras todos estos acontecimientos declaran una fuerte tormenta.
    Los hermanos junto con Crystal han entrado a un portal, pero este camino no los reunirá ni con la espada ni con ninguno de los dos Luca, ya que cada viaje envía a un sitio diferente de este nuevo mundo que está por descubrir nuestra hermosa Crystal, donde sufrirá y deberá conseguir la fuerza necesaria confiando en ella misma y así superar adversidades futuras.
   Tal vez muchos sentimos que no somos nosotros mismos, que algo nos falta, y esto hace que nos deprimamos muchas veces al ver inalcanzables nuestros sueños. Debemos confiar en nuestro ser, en nosotros para poder así vencer todos los problemas que la vida pone en frente nuestro, si logramos eso obtendremos un poder inimaginable, que nada ni nadie nos podrá arrebatar nunca.
    Confía en tus habilidades y viaja a través de todos esos universos, buscando alcanzar tu sueño. Así se deban romper el espacio y el tiempo.