sábado, diciembre 14, 2013

El umbral de las mariposas // Manuela MORALES ORTIZ

     

    Lía acababa de abrir sus ojos, pese a la poca luz que suele irrumpir en su cuarto, pudo vislumbrar el reloj, eran las dos en punto de la tarde. Recordó que acababa de soñar con un viaje hacia el universo; muy jovialmente, se encontraba saltando los cráteres de la Luna de dos en dos, mientras una lluvia de estrellas verdes, alumbraban el espacio sideral. Prontamente, Lía se dirigió hacia su nave galáctica para atravesar a toda marcha el sistema solar, pero no sin antes hacer una parada en Marte, donde visitaba sus grandes volcanes llenos de magma que producían burbujas de colores al estornudar. Su siguiente parada fue Mercurio, cómo le encantaba este planeta. Allí, escaló sus largos vericuetos, hasta llegar a la cima. Admiró por un buen rato su encantadora atmosfera, extremadamente tenue, adornada por una espesa neblina y unas sombras perpetuas que se encargaban de proteger los pequeños charcos de hielo.
   Su sueño concluía con una visita al sol, donde había un gran sillón, cubierto por una dócil capa de terciopelo rojo, en el cual se echaba a hacer la siesta.
    Ya eran las tres de la tarde, y Lía solo lograba escuchar las manecillas del reloj sonar una tras otra, ensordeciendo la calma, el silencio y la soledad, que reinaban esa tarde en su cuarto.
   Tras varios bostezos, decidió levantarse de su cama, —la felicidad nunca tiene grandeza—, pensó, mientras caminaba en dirección al balcón que se encontraba junto a la sala. Hace frío y llueve, la puerta del balcón se encontraba abierta, el viento de la calle, sucio, gris y contaminado, comenzaba a colarse por entre las elegantes cortinas, que tendidas sobre una larga barra, le daban un matiz de alegría a este solitario lugar. Pero, ¿realmente soy feliz? es decir, lo tenía casi todo, bueno al fin y al cabo la desdicha siempre me fue agradable, además, ¿qué valor tendría la felicidad, sin anteponer una desdicha o alguna dificultad? Creo que hoy es uno de esos días en que la melancolía le gana a mi sosiego.
     Me aproximé al balcón, allí una leve corriente de aire despeinó mi cabello largo y enmarañado. — ¡Esto sí que es vida!— exclamé.
    Sobre la larga mesa de madera que hay en la sala, vi el tablero de ajedrez que León me regaló en un cumpleaños. Es una lástima que lo haya destinado a algo tan banal como a una simple decoración, pero nunca me consideré tan inteligente como para jugarlo.
     Vacilé mucho, antes de aceptarlo como mi novio. Recuerdo el plan que ideó mi amiga Luna, para que de una vez por todas tomara una decisión. —Mira es muy simple, haz un perfil de los aspectos buenos y malos de él. Si tiene más malos que buenos, pues la decis ión es muy clara, ¿no crees?—. Más que a una amiga recursiva, descubrí al amor de mi vida.
     — El siguiente paso, es hacer un perfil tuyo para saber qué cualidades te faltan— me decía Luna. Es tan reprochable, que te digan que vienes al mundo a medias y que por ende debes encontrar una media naranja. Desde que nacemos somos dependientes, creo que debería de ser suficiente con el hecho de saber que desde el comienzo de la vida, la muerte nos viene acompañando.
   El viento que entraba por el balcón, intentó ponerse más frío, el cielo se tornó gris y nublado. Lía comenzó a tiritar del frío. Tras cerrar la puerta del balcón, bajó a la sala en búsqueda de su abrigo.
     Miró el reloj de la sala, extrañamente este aun marcaba las tres de la tarde. Curiosa, buscó el reloj de la cocina, éste también marcaba las tres de la tarde. Haciendo caso omiso a tan extraño suceso, tomó el paraguas que colgaba siempre de la puerta de la sala y salió a caminar.
     Caminó un buen rato, hasta llegar al barrio donde pasó su infancia. Junto a la tiendita de dulces, seguía la vieja casa azul claro, o azul cielo como le solía decir su hermana. Era de puertas y ventanas pequeñas. Siempre le pareció como sacada de un cuento de hadas.
    Un sentimiento de nostalgia invadió a Lía, cuando se vio reflejada en una de las ventanas más altas. De pequeña siempre tenía que poner tres ladrillos para alcanzar siquiera a asomarse por ella. Dejando su pasado atrás, continuó caminando.
    Avanzó unas diez cuadras más o menos, hasta que fatigada se detuvo en la entrada de un callejón. Al parecer estaba deshabitado, lleno de basura cotidiana: sillas, muebles desgastados, ropa, botellas, papeles, una infinidad de inmundicias que lo hacían ver como el lugar menos propicio para que una mujer lo transitara sola. Pero qué más da, Lía siempre se caracterizó por ser una mujer muy terca.
   Cuando pensó que ya había llegado al final del pasaje, se percató de que realmente no tenía final, el callejón se extendía al doblar la esquina. Se giró para tomar otro camino, pero para su sorpresa, éste había sido cubierto por una espesa neblina.
    La temperatura comenzó a bajar, su cuerpo a estremecerse.
   Fue ahí, en ese instante, en que la vio, tan inocente y pequeña, parada en medio del callejón, con su vestido blanco impecable, sus ojos expresaban dolor y sus mejillas hambre, pero a pesar de ello, sonreía.
   Comencé a sentir frío por todo mi cuerpo, mi corazón intentó latir más y más rápido. Cuando ya me encontraba casi al borde de un patatús, la niña levantó su mirada percatándose de mi presencia, y con un voz dulce me dijo: —Vamos a jugar—, al tiempo que se esfumaba hasta convertirse en una pequeña luz amarilla. Ésta, comenzó a dar vueltas por todo el lugar. Más que miedo y desconcierto, me causó mucha gracia, se veía tan juguetona y radiante, que me animó a seguirla, a tratar de alcanzarla. Estiré mi brazo para tocarla, pero salió rápidamente volando, tuve que correr para no perderla de vista. La pequeña luz se metió por la ventana de una casa de ladrillos, la puerta devorada por el comején, estaba entreabierta. Me fue imposible hacer caso omiso a mi curiosidad.
  Era una casa vieja y deshabitada, con piso de madera, la habitación principal era muy grande, peculiarmente llena de espejos de todos los tamaños. En el centro del lugar había una mesita, y sobre ella una cajita de madera. Lía se acercó un poco más para fisgonear. Abrió la cajita y de ella salió una bailarina de porcelana, con su tutú rosado y su delicada piel blanca. La bailarina comenzó a girar, acompañada de una dulce melodía proveniente de la misma cajita.
    

    Lía cerró sus ojos y dejándose llevar por la melodía, comenzó a bailar por toda la habitación. De pequeña siempre quiso viajar por todo el mundo, para aprender cada paso, cada técnica existente, cada maniobra posible, y sentir la pasión y la armonía de hacer arte corporal, así le llamaba entonces a la danza.
     Bruscamente, fui sacada de un mar de recuerdos, cuando la risa de una niña irrumpió en la habitación. Al abrir mis ojos me percaté de que la música había cesado. La cajita había desaparecido. Con mi mirada traté de buscar a la niña, encontrando su reflejo en uno de los espejos. Estaba detrás de mí, bajo sus brazos llevaba la cajita musical. Me giré para verla, pero ya no estaba, entonces, volví a mirar al espejo y allí estaba, con su sonrisa traviesa meciéndose inocentemente de un lado a otro. Por el espejo vi que tomó mi mano. Comenzamos a caminar la una hacia la otra, atravesamos el espejo, hasta llegar a otra habitación.
   Una vez más, Lía se encontraba sola en una habitación fría y oscura. Realmente era un cuarto muy pequeño, las paredes tenían una pintura blanca desgastada por los años, el techo estaba lleno de largas telarañas. En una esquina de la habitación, Lía vio una pequeña puerta de color gris. Se acercó a la puerta y escuchó unos ruidos extraños; pensó que podría ser un gato o pequeños ratones, pero entre más se acercaba, podía entender mejor lo que pasaba. Una niña gritaba, no lograba entender lo que decía, pero sonaba muy exasperada.
    Conteniendo la respiración abrió la puerta, que como una especie de portal la transportó al patio de una casa.
   Se le hizo muy familiar el lugar, el sol radiante, el olor a flores, el pasto húmedo, la primavera, le recordaba sus vacaciones en casa de la abuela. Sobre el pasto había una niña que jugaba con unas muñecas de trapo. Lía se acercó un poco más y logró reconocer a la pequeña, era la niña del callejón.
    Un hombre se acercó a ella. Llevaba un overol sucio, unas botas pantaneras y un bigote que le hizo gracia a la pequeña. — Hola, qué haces— le preguntó aquel hombre. — Quieres jugar— le contestó la niña. — Claro, pero antes ¿te gustaría ver algo realmente increíble? La niña entusiasmada tomó su mano y se fue con aquel sujeto.
    Lía comenzó a sentir un ardor en su pecho, su rostro se puso rojo. Invadida por una furia inexplicable, trató de llamar a la niña, pero ésta ni se percató de su presencia. Así que corrió hasta alcanzarla, tocó su hombro y comenzó a desvanecerse. La imagen del patio, las flores, la niña, el hombre, se fundieron como arena, envolviéndola a ella en un remolido, hasta cegarla por completo.
   Solo recuerdo haberme despertado delante de la puerta gris, con mi ropa y mi cabello lleno de arena. Sigilosamente me asomé por el marco de la puerta, y vi al hombre que hace un instante se había llevado a la niña. Estaba ebrio, y para mi desconsuelo, se aproximaba hacia la pequeña, que llorando en una esquina, esperaba a aquel infausto hombre, que se aproximaba con una expresión de invicto en sus ojos, y una botella rota en sus manos.
    Asaltada por un sentimiento de furia, me lancé sobre él para golpearlo, pero éste con más fuerza me lanzó lejos. La niña que tuvo tiempo de escapar, tomó la botella y golpeó al hombre que cayó lentamente al suelo, quedando inconsciente o tal vez muerto.
   Me levanté temblorosa, con las manos llenas de sangre. La pequeña tomó mi mano. Comenzamos a correr tratando de escapar de aquella siniestra habitación, pero no logré seguirle el paso y caí al suelo, sintiendo un fuerte dolor en mi pecho. Dirigí mi mano hacia mi hombro izquierdo y encontré un trozo de vidrio incrustado en él, la herida comenzó a sangrar.
    El dolor era muy fuerte, las lágrimas comenzaron a rodar por mi rostro. Levanté mi mirada, allí estaba ella, parada frente a mí, con su vestido blanco, tan silenciosa e inocente. Sobre su vestido, junto a su hombro izquierdo, pude vislumbrar una mancha de sangre. La niña cubrió la mancha con su mano, me miró y tiernamente embozó con sus labios un “gracias”, al tiempo que la mancha iba desapareciendo.
   — ¿Qué sucede?— le pregunté. — ¿Acaso no lo entiendes?— respondió con una voz suave y melodiosa.
     — No lo entiendo, ¿en dónde estoy, quien eres tú?
     — Mi nombre es Lía—.
     — Pero…— dije con la voz entrecortada.
     — Gracias por salvarme, es mi turno ahora, déjame ayudarte.
    Sobre mi hombro izquierdo, donde momentos antes el hombre me había herido, sentí un leve cosquilleo. Pasé mi mano por encima de la herida, la cual había dejado de sangrar. Allí seguía la cicatriz. La marca que por tantos años había llevado conmigo, la que tanto traté de esconder del mundo y de mí misma. Era, la cicatriz que marcó la niñez de Lía, recordándole por siempre tan infame suceso.
  La pequeña condujo su mano empuñada hacia su boca, para después abrirla en dirección a Lía, mandándole una pequeña ráfaga de viento, la cual chocó contra su pálido rostro, haciéndole cerrar los ojos instantáneamente.
   Al abrirlos se encontraba en otro lugar, el callejón y la pequeña habían desaparecido, se hallaba en una habitación blanca y vacía. Lía tocó su hombro, el cual ya no le dolía.
    A lo lejos vio una mariposa verde que poco a poco se fue acercando hasta posarse en su mano, la adosó junto a su nariz y sus pequeñas antenas le produjeron cosquillas.



     La mariposa comenzó a volar por todo el lugar, hasta transformarse en una luz amarilla, la cual comenzó a crecer hasta envolver todo su cuerpo en luz. Invadida por una paz interna, extendió sus brazos y cerró sus ojos, se lanzó al vacío. Comenzó a volar. Sin prisa alguna, mientras la brisa acaricia mi rostro, planeo hacia lo desconocido. Es éste, solo el final de un comienzo, el cierre de mi tiempo como oruga, de esa diminuta vida, que con sabia resignación logró convertirse en mariposa.
    Lía acababa de abrir sus ojos, pese a la poca luz que suele irrumpir en su cuarto, pudo vislumbrar el reloj, eran las cuatro en punto de la tarde. Como era de costumbre, se levantó de la cama y se dirigió hacia el espejo que hay en su habitación. Delicadamente descubrió su hombro izquierdo, para observar la pequeña cicatriz que tanto odiaba. Desde hace varios años, este pequeño acto, se había convertido para Lía, en un ritual a la memoria y el dolor.
     Pasó su mano sobre el hombro, pero no sintió nada. Miró rápidamente su hombro, para su sorpresa ya no estaba la horrible cicatriza. Había desaparecido. Ahora esa cicatriz era como una hermosa mariposa estampada en su piel.

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