sábado, diciembre 14, 2013

Por un beso // Kandy OSORIO MOLINA

         

       El sol radiante permitía divisar los inmensos campos de trigo que ya pronto darán sus cosechas. El olor a lavanda hace evidente la primavera que trae consigo el fin de esa época fría y tormentosa para el reino de Sarriko. El enorme castillo se levanta sobre la colina mas alta del poblado, rodeado de casitas de los habitantes que salen esa mañana calurosa a cumplir con sus labores matutinas, el galopar de los caballos dan cuenta del movimiento que se hace presente en el poblado todas las mañanas.
          La luz de la ventana refleja una silueta delicada, que se organiza su largo cabello negro, termina de ponerse un tocado de hermosas piedras en su cuello. La sombra de un hombre alto y de contextura fuerte se dibuja en las paredes de piedra de la habitación. Al iluminarse un poco se observa un hombre blanco de cabello largo y rubio, que camina como con inanición, como si no tuviese voluntad, pese a la fuerza que deja ver su cuerpo. Los pasos de aquel hombre interrumpen a Iraya, quien se encuentra sentada frente a su peinador mirándose en un gran espejo, ella gira su cabeza, y observa, es Trado que ha llegado, pues ella lo ha mandado a llamar. Iraya se levanta tomando de la mesa de su peinador unas hojas.
          — Buenos días, Trado — saluda con una sonrisa muy amable Iraya — ¿Qué tal te ha ido ésta mañana?
        — Buenos días señorita Iraya. ¿Me ha mandado usted a llamar? — contesta el hombre, con una voz tímida y su mirada inclinada
         Iraya mira a Trado, su mente comienza a evocar su pasado, recuerda la profecía que su abuela le dio ese día mientras tejía una bufanda. Esas palabras volvieron a retumbar en su cabeza: “tendrás la oportunidad de ayudar a muchos con tu don, aunque para lograrlo tendrás que poner en riesgo tu presencia, pero verás en aquel hombre tu salida”. Ese día recogió algunas cosas, y tomó el camino al castillo. Al llegar una inmensa puerta de madera se abrió, para dejarle ver un gran pasillo de piedra, adornado con cuadros. Sus pasos retumbaban, su presencia se vio acompañada de un hombre alto y delgado, que le indicó el camino hacia el rey.
       Al adentrarse a un salón oscuro y frio, vio reflejada en la pared la silueta de un hombre fuerte, que cruzaba sus manos en la espalda, unas velas eran la única fuente de luz, pues las ventanas estaban cubiertas con grandes telones rojos.
        — ¡Así que eres tú! ¡Una joven provinciana que tiene la solución de Sarriko en sus ojos!
       — Eso fue lo primero que escuché de tus labios, el rey Trado, reconocí de inmediato esa voz imponente y prepotente, que aún ronca escucho retumbar en mis oídos — dijo Iraya  mirando al hombre que permanecía con su cabeza inclinada — una carcajada me dejó ver tu rostro y acercándote me dijiste:
      — Y ahora ¿qué puedes ver en mis ojos?, acaso puedes conocer mis deseos, o mejor aún… sabes que cumplirás mis anhelos. ¡Cómo olvidar ese instante! Sabias que una ráfaga de visiones llegaron a mi mente en ese momento, conocí tu juventud llena de caprichos y de placeres que tus padres alimentaron, pero también reconocí ese deseo de poder, y tus ganas de retener el trono con ríos de sangre.
        Iraya se acerca a Trado extendiendo su mano blanca,  levanta la cara de él por el mentón, acaricia su mejilla levemente, mientras él la observa con una mirada ensimismada, como si viese en ella la figura de alguien superior.
      — Toma ésta carta, se la a entregaras a Herfus ahora cuando él termine de escuchar los presentes, no respondas a sus preguntas, no le digas ni una sola palabra de éste momento — dijo Iraya con su voz aguda y suave, y acercándose aún más al oído de Trado, le susurró — ve, y aunque te ordene no cumplirás nada de lo que te diga, soy yo a quien debes cumplir y obedecer.
      Trado asintió con la cabeza, y una pequeña sonrisa se reflejó en su rostro, dejando ver esa bella dentadura que daba cuenta de una vida de lujos y cuidados que hasta hace poco había disfrutado, Iraya acercándose a su mejilla  lo besó, la luz de la mañana que entraba por la ventana reflejaba  ese momento.
      Hermosas cadenetas violetas adornan los jardines del castillo, donde se podía apreciar las grandes torres blancas que se alzaban prominentes, representando el gran poder de aquella fortaleza que por años se había constituido como uno de los reinos más seguros y prósperos del país, algunas palomas se refrescaban en la pequeña fuente del jardín donde además se podía ver las grandes esculturas hechas por los artesanos del reino, en conmemoración de los reyes ya fallecidos y cuya administración había sido trasparente. Allí se alzaba la figura de Lipiadez el padre de Herfus, quizás esa estatua de bronce que encandilaba con el sol, era la imagen más cercana que él había tenido de su padre.
     Herfus se encuentra sentado en su sillón rojo, en frente se divisa el jardín y un hombre mayor al que él está escuchando, le da el informe de cómo marchan las cosas en el oeste del reino. Él hombre, termina de hablar y se marcha.  Herfus observa el horizonte con una sonrisa en su cara, como si en la lejanía observará lo más grato de su vida, un suspiro que lanza al aire es la última muestra de su alegría esa mañana. Unos pasos interrumpen la meditación de Herfus, se trata de Trado que trae en sus manos la carta.
       — Buenos días Señor — saludó Trado con la cabeza inclinada
      — El mejor de los días, Trado — respondió Herfus entusiasmado — el sol es radiante, los vientos sólo traen sus mejores aromas, no cabe duda que los dioses me acompañan en mi alegría — agrega Herfus con una sonrisa en su rostro.
    Un silencio se hace presente durante la conversación, Trado inclina aún más su cabeza, tratando de esconder la mirada a su Rey.
      — ¿Te sucede algo? —pregunta Herfus preocupado—, siento que no compartes tu alegría conmigo, acaso hay algo que te atormenta en éste día.
     — Señor, ésta carta es para usted — responde el criado con voz entrecortada— se la envía la señorita Iraya.
    Trado extiende su mano lentamente, Herfus se levanta, se acerca al joven, lo observa fijamente, y le arrebata la carta de la mano, abre las hojas con ansiedad, y se da cuenta que es la letra de su amada, levanta la mirada y le ordena a Trado que se aleje. El rostro de Herfus ha cambiado, ya no tiene la misma mirada con la que despidió al campesino que le trajo buenas noticias, presiente que algo sucede, observa a su alrededor y se cerciora de que no hay nadie cerca que puede verlo, como si quisiera esconderse de un miedo al que conoce, pero al que solo ha vislumbrado de lejos.
     Herfus regresa a su sillón, mira de nuevo a todas partes, trata de abrir las hojas que se muestran arrugas por la fuerza con la que él las ha  sostenido, sus manos tiemblan, en su mente empieza a leer las líneas que están formadas por aquella letra grande y remarcada, con unas curvas que componen los versos más románticos y despiadados.
      “Sé que tienes esta carta en tu manos, sé que estás a punto de conocer las razones por la que me decidí utilizar éste medio, lo vi en los ojos de Trado cuando se la entregué, ¡no lo culpes!, no le digas porqué no te avisó, él tan solo es un sirviente fiel que se ha acostumbrado a seguir mis órdenes. Cuanto me hubiese gustado despedirme personalmente, darte un beso, decirte que eres mi amor, mi gran amor. Pero mis razones son más fuertes que el sentimiento que siento por ti, no quiero hacerte daño, no quiero que te veas afectado, no quiero que dejes de ser tú.”
    Una lágrima cae a las hojas humedeciendo la tinta y esparciéndose rápidamente, las manos de Herfus aprietan fuertemente las hojas, se desploma en el sillón, como si una fuerte carga le hubiese sido arrojada, él en el fondo conoce la razón de esa carta. Vuelve a divisar el jardín, pero para él éste ya ha perdido sus colores, ya todo se ha tornado sin sentido, él se siente como una figura de bronce más, pesada, oscura, sin motivación.
     Un hombre de 45 años con sotana larga y blanca se aproxima al jardín. Su barba roja esconde la cicatriz de una espada afilada que el día del motín contra el anterior rey Trado, marcó la mejilla derecha de su rostro. Frunciendo el ceño entró al jardín, pues los rayos del sol encandilaron sus ojos verdes, que buscaban a alguien con precisión. Se escucha una voz grave y fuerte que llama a Herfus, se trataba de Urko su fiel amigo y ahora representante del reino, llega a buscarlo, lo esperan para el consejo mensual que se realiza para conocer el estado financiero del reino. Herfus levanta su mirada, se siente sin fuerzas para ponerse en pie, pero asiente con la cabeza cuando Urko le pregunta si está listo. Se levanta, disimulando seca sus ojos y camina al salón de reuniones mientras cierra la carta de su Iraya.
      Ambos se saludan mientras caminan por el pasillo, Urko nota que su amigo está un poco decaído, pero lo asocia con los informes que pudo recibir en la jornada de los presentes, no toca el tema, tan solo abre la puerta grande de madera que deja ver dentro un grupo de ancianos reunidos en una mesa hablando, todos hacen silencio y se levantan cuando Herfus entra.  Todos inclinan sus cabezas mientras Herfus los saluda amablemente, respira hondo y procede a sentarse para escuchar los largos sermones de aquellos que lo miran con gratitud y respeto.
     La reunión se torna pesada y aburrida, quizá la mente de Herfus no se encuentra preparada para esos temas de economía y leyes, en su subconsciente sólo ronda el recuerdo de la primera vez que vio a Iraya, esa joven muchacha de ojos azules, inocente pero de carácter fuerte, que se encontraba apabullada detrás de los barrotes de esa celda fría y mal oliente a la que fue consignada, y mientras un viejo profesor habla de las consecuencias que tendría la construcción de un canal de agua en la colina, Herfus abre de nuevo la carta y de una forma muy sutil continúa con la lectura.
     “Aún recuerdo la primera vez que miré aquel anciano a los ojos, miles de visiones pasaron por mi mente, como si fueran una llamarada de reflejos paseando por mis pensamientos. Corrí asustada, pensaba que si huía de ese lugar y me escondía, tal cosa nunca iba a volver a suceder. Llegué a mi casa, me refugié en un rincón de la cocina.  No tardó mucho cuando mi abuela me encontró. En mis ojos observó mi miedo y mi angustia, me tomó con sus manos, me llevó al salón, me arropó con una manta, y me dio algo de beber, se sentó en su silla mecedora, empezó a tejer la bufanda roja, que te he dejado guardada en tu mesón de noche y me comenzó hablar de esa llamarada de pensamientos que habían atormentado a mi existencia.
    — Has visto el pasado de ese hombre, ¿verdad? Es algo con lo que debes a empezar a convivir. Tienes la dicha o la desdicha, de conocer el presente el pasado e incluso el futuro de quienes observes a los ojos,— dijo mi abuela con esa voz que ya por lo años se tornaba entrecortada, me miró de reojo con sus bellos ojos azules, ¡mucho más azules que los míos!, buscando una reacción en mí, pero yo no entendí la grandeza del don que los dioses me habían entregado, y ella lo sabía, por eso buscó la manera de hacerme comprender que era muy peligroso que las personas conocieran mi poder, porque por más fuerte que yo fuera, siempre existiría personas mal intencionadas.
    Al principio lo tomé como un juego, salía al pueblo y buscaba la forma de observar las personas para conocer sus secretos, anhelos y sus logros. No te miento que saqué provecho de esa situación. Recuerdo una vez que a un hombre mayor, que se encontraba frente a la feria, se mostraba indeciso de apostar unas cuantas monedas de oro, pero en sus ojos vi lo afortunado que sería en ese instante si escogiera la piedra roja de la ruleta, me le acerqué y le dije que los dioses lo acompañaban, el hombre sacó sus cuatro monedas de oro, las apostó, triplicando su dinero. No dudó en darme una buena propina, con la que me compré mis primeros y hermosos zapatos de tacón, con los que baile contigo el día de tu reconocimiento como rey de Sarriko, aunque la primera vez que los use, era evidente la poca experiencia que tenía, aunque recuerdo que esa noche que bailamos te diste cuenta que seguía careciendo de esa experiencia que tienen muchas damiselas del poblado usando éste tipo de calzado. Sin embargo tus grandes brazos sostuvieron mi cuerpo cuando perdía el equilibrio, gracias por comprender aquellas cosas, y cada unos de mis defectos, por hacerlos pequeños, por mirarme con una bella sonrisa y hacerme sentir que nada pasaba, porque eso es lo que siento, que a tu lado nada malo me sucede”.
      Una leve sonrisa se ve dibujada en el rostro de Herfus, en su mente diseña la silueta de Iraya caminando entre prados con sus bellos zapatos de tacón, y dando vueltas como lo hacía cuando estaba alegre. Recordando esa noche en la que con una gran fiesta a la que fue invitado todo el reino, se celebro su proclamación como rey de Sarriko, una hermosa velada en la que juro a los ciudadanos trabajar justamente y de una manera honesta por el bienestar del reino. Un suspiro refleja su deseo de volver a ver a Iraya, vestida como ese día, con un largo vestido blanco que ceñido a su cuerpo tomaba la forma de esas  curvas prominentes, con una hermosa corona de flores moradas que adornaban su frente y retenían su melena negra. Pero ahora su presencia la contenía una caligrafía suave y constante que continuaba con la historia de su amada.
      “Pero fui creciendo y con ello llegó la conciencia, el respeto y la caridad. Empecé a ver como mi pueblo sufría las consecuencias de una mala administración por parte del reinado, que dirigido por Trado, estaba siendo llevado a la miseria. Donosty dejó de ser el reino prosperó y equitativo que siempre lo caracterizó, para convertirse en un lugar lleno de hambre, injusticia y desigualdad.
       La idea de salvar el reino con mi preciado don, se convirtió en una tortura cuando vi ese lugar oscuro y frío, lleno de bichos y con un olor nauseabundo, al que me envió Trado. Lloré de solo pensar que tendría que habitar en ese lugar, pero él había sido muy directo, me había dejado claro que si le colaboraba para buscar, “ese bastardo” como se refería al hablar de su hermano mayor, el verdadero heredero del trono, a cambio me daría una vida llena de lujos y placeres que jamás, según él, podría experimentar.
      Pero qué equivocado estaba, pues mi mayor placer se hizo presente cuando vi ese hombre rubio y fuerte, que extendió la mano por en medio de la reja, con un plato de comida, y que con una voz fuerte, pero al mismo tiempo noble, me preguntó mi nombre. Cómo olvidar tu rostro, tus bellos ojos verdes que adornados con esas pestañas rubias y crespas, acompañaban unos labios pulidos y una nariz respingada, un rostro digno de un heredero a la corona”.
       

      Herfus se detiene en la lectura, pues sus ojos aprecian como en las hojas se ven manchas y tinta regada, toca suavemente esa parte, él sabe que son lágrimas de Iraya que inevitablemente había dejado caer mientras escribía, una clara muestra de que sentía al igual que él, una tristeza infinita y un amor sincero.
       Urko que se encuentra sentado al lado derecho de su amigo, escucha al hombre de unos 70 años que expone las necesidades de ampliar los fondos para la construcción del ágora, mira de reojo y observa lo disperso que se encuentra Herfus, y no duda en dar un descanso para preguntar a su amigo que le sucede, pues es algo poco habitual en él.
      Una vez solos en el salón de reuniones, y antes de que Urko pronunciará palabra, Herfus dice:
      — Se ha ido, ya nunca más adornará los pasillos con su larga melena negra, que flotaba en aire cuando los vientos de levante rozaban cada uno de sus cabellos, todo volverá a ser aburrido, el castillo ya no contará con su presencia, atrás quedaron los días en los que el sol resaltaba el blanco de su falda, que se movía al vaivén de esa hermosa figura que ella resalta con sus corsés — dijo Herfus con su voz entrecortada y la mirada encharcada.     
    — ¿Quién se ha ido? ¿De qué hablas? – preguntó Urko aturdido, sorprendido por la confusión de su amigo.
     La respuesta para Urko fue un silencio, Herfus inclina su cabeza para evitar que su amigo vea las lágrimas caer de su rostro, solo tiene fuerza para levantar la carta que Iraya le ha escrito, Urko toma la hoja, y empieza a leer las líneas que se encontraban plasmadas.
     “Saber que ese hombre fuerte se robaría mis pensamientos, mis deseos y se convertiría en el ser más importante de mi vida. Porque antes de conocerte tan solo era joven que buscaba la felicidad sin saber dónde se hallaba tal cosa. Pero tú le diste significado, le diste vida. Pero es una vida que no puede existir, y nadie más que tú, sabes a que me refiero”.
     Herfus se levanta de la mesa, camina a la ventana, suspira.
     — ¿Ahora entiendes de qué te estoy hablando? Se ha despedido, ya no está.
    Urko puso la hoja sobre la mesa y se sentó en una de las sillas.
      Pero… ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué se ha ido? ¿A qué se refiere ella cuando dice que no puede existir? – pregunta Urko, quien con su expresión de sorpresa, daba cuenta de que no sabía nada sobre lo que sucedía, para él las oraciones que había leído no le dejaban claro la decisión que había tomado Iraya, pues él la veía como la futura reina de Sarriko. Sus ojos se fijaron en Herfus, quien parado al lado de la ventana, se frotaba las manos, como alguien que piensa que hacer, pero ve todas las puertas cerradas. Para Urko era imposible pensar, que el portador del anillo de leopardo que tenía esos ojos de esmeraldas que brillaban incandescentemente, representando el poder de quien lo llevará puesto, no podía retener a una mujer indefensa, como él imaginaba a Iraya
     Herfus se da media vuelta, camina hasta la  mesa, se sienta a un lado de su amigo.
      — Es una historia bastante larga, aunque tú conoces mucho de ella, pero no sabes algo…
    Urko interrumpió a Herfus.
    — Creo que dispongo del tiempo para conocer que le aflige a un amigo, y me gustaría saber el porqué Iraya le da fin a esa linda historia de amor que nació en las celdas frías de éste castillo.
     Urko se queda pensativo, recordando a Iraya el día que la conoció, cuando ella besaba la mano del rey Trado como señal de obediencia y de apoyo.
    Al principio Iraya parecía una aliada de Trado, pero era una joven cansada al igual que muchos de la tiranía de ese hombre. Buscaba la forma de interrumpir ese reinado, y se le presentó la mejor oportunidad, la de hacer un motín dentro del castillo para terminar con esa dictadura de horror en la que el reino de Sarriko se encontraba sometido. El día elegido por ella fue la noche de pascua, pues Trado había invitado a casi medio reino a festejar con él. Habían llegado comitivas de otros reinos cercanos, y el palacio se encontraba totalmente revuelto, muchas personas pero pocos preocupados por la seguridad, al fin de cuentas el ambiente era de celebración, la comida y la bebida se veía a manos llenas. Iraya fue sacada de su celda, Trado la quería presentar a los invitados como la hechicera adivina, esa que según él lo ponía en un nivel superior al de sus contrincantes, pero en realidad aquella joven e indefensa mujer, como muchos creían, no pensaba seguir las órdenes de su rey, por el contrario llevaba consigo la idea de acabar con el reinado del Rey Trado.
    Herfus poniéndole una mano en el hombro a su amigo, inicia el relato de una larga historia, Urko se pone en posición para escuchar tal relato, fijando su mirada a la Herfus se fue envolviendo es esas palabras.
    — ¿Recuerdas la noche de pascua, cuando Iraya consiguió las llaves de las celdas, y nos preparo a todos para alzarnos en armas contra la tiranía de Trado?
    Los agentes de Trado llegaron a la celda por Iraya, quien los saludó amablemente y salió con ellos lista para ser presentada como un conejillo de feria, ellos ignoraban que minutos antes, la joven e indefensa mujer, había abierto cada una de las celdas de los demás convictos y las había dejado sin cerradura, y mucho menos tenían conciencia de que a cada uno de los criados y reos los había dotado de espadas y cuchillos. Todo estaba preparado tan solo debían esperar unos minutos después de que ella fuera sacada de la celda.
    Fue la última vez que ella caminó por ese nauseabundo y oscuro pasillo, los guardias le limpiaron un poco la cara, para evitar que los invitados conocieran las condiciones tan precarias a las que eran sometidos lo reos de Trado. Al adentrase al salón Iraya pudo apreciar el colorido de unas flores hermosas, su olor a lavanda perfumaba la atmosfera que a no ser por la presencia de presumida y tirano Trado sería perfecta. El la vio adentrarse sumisa y obediente, sonriendo se levantó del trono, tomó la copa de plata que reposaba al lado en una mesa llena de exquisitos platos, la levantó dejando ver el grande anillo de leopardo con el que fue coronado como rey de Sarriko para dirigir el reino de la manera más justa y honesta, juramento que nunca había cumplido, pese hacerlo en el lecho de muerte junto a su padre, quien después de haberse rendido en la búsqueda de su hijo mayor, enfermo y no le quedó más remedio que dejarle el trono a su hijo menor, aunque conocía esa actitud codiciosa y prepotente que Trado tenía.
Los invitados hicieron silencio, tan solo murmullos de las damas, que alababan el soltero rey se escuchaban, Trado sonriendo y haciendo una seña a Iraya, empezó a presentar la joven hechicera como su aliada. Iraya subió las escalas, se puso al costado izquierdo de Trado, mientras este hablaba de todo lo que lograría con la hechicera a su favor, Iraya se puso un poco atrás sacó un cuchillo y encuelló el presumido rey, quien soltó la copa y trató de forcejear, sin embargo el cuchillo se encontraba muy cerca de su vena aorta, cualquier movimiento lo desangraría de inmediato, la guardia trató de reaccionar, pero ya era tarde todos los reos y criados se encontraban alrededor y armados, el rey estaba en jaque mate, sin embargo la guardia se enfrentó con los criados, Trado se soltó y corrió, Herfus lo alcanzó y lo sometió al suelo.
— ¡Cómo olvidar ese momento en el que tú tenías a Trado sometido en el suelo, los gritos de todos los sirvientes aclamando la elección de un nuevo Rey! – exclamó Urko con la mirada fija en su amigo, quien seguía triste.
Iraya se subió a la mesa, con una espada en su mano, miró a su alrededor y dirigiéndose a todos los asistentes proclamó:
— Claro que necesitamos un nuevo rey, uno legitimo, el verdadero heredero del trono, pero no hay buscarlo, porque él se encuentra entre nosotros desde hace mucho. Todos sabemos que nuestro ya fallecido rey Lipiadez, busco a su hijo mayor, sin éxito alguno, a pesar de que estuvo muy cerca de él todo el tiempo ­— mientras Iraya, hablaba los asistentes la observaban perplejos y Trado la miraba con odio.
       Los vellos de Herfus se erizaron, la emoción que le causaba a su cuerpo recordar esa noche era palpable en su piel. La mirada que Iraya le hizo después de sus palabras, y cuando confesó mirándolo fijamente a los ojos:
— Porque el verdadero heredero del Trono eres tú, Herfus, tú eres el hermano mayo de Trado, aunque muchos no entiendan el porqué, pero yo lo he visto en tus ojos, tú eres el oculto hijo mayor de Lipiadez.
Trado empujó a Herfus, quien lo tenía sometido en el suelo, se levantó rápidamente y corrió hasta donde estaba Iraya, la miró, y fríamente ella le confesó cómo conocía toda la verdad, pero no estaba dispuesta a entregar la cabeza del hombre que era digno de llevar las riendas del pueblo de Sarriko.
        Trado al ver que Iraya lo estaba desarmando frente a todo su reino y los representantes de los reinos vecinos, trató de interrumpir el discurso de Iraya, la tomó por la cintura, y mirándola a los ojos la besó. Ella que ya había visto lo que sucedía en los ojos de Trado, le correspondió a su beso. Los asistentes se encontraban aturdidos, no comprendían nada de lo que sucedía, Iraya empujó a Trado, lo miró a los ojos, sonrió, él en cambio se mostraba aturdido, pasmado. Iraya le ordenó que se quitara el anillo y que él mismo se lo entregara a su verdadero dueño a Herfus. Trado obedeció las palabras de Iraya sin poner ninguna objeción al respecto.
— ¿Tú me estás diciendo qué la reacción que Trado tuvo y ha tenido todo éste tiempo no se debe a un trastorno causado por la perdida el poder, sino a un hechizo por el beso que le dio a Iraya? – pregunto Urko asombrado por el relato que su amigo le estaba contando. 
— Esa noche — continuó contando Herfus, — me di cuenta del poder de Iraya, cualquier personas que la besase, se convertiría en su súbdito, en su esclavo, Trado buscando una forma de callar sus palabras, enmudeció su alma, perdió su vida, pues desde ese instante se convirtió en ese ser meditabundo que sólo cumple las órdenes de Iraya y de quien ella le ordene.
        

      Urko miró a Herfus, quien ya se mostraba más tranquilo, entendía ya el  porqué ese amor de él e Iraya no podía existir, no tenía palabras para consolar a su amigo, no podía como en otras ocasiones darle una respuesta lógica.
         Herfus toma de nuevo la hoja, la mira y lee las últimas líneas susurrando:
       — Es por eso que me alejo, porque vivir a tu lado conociendo mi sentimiento y el tuyo, y viendo ese deseo de ambos de finiquitar lo que sin tocarnos sentimos, es una tortura a la cual no debo someterte más, he entendido que poseo un don, pero que como toda virtud que nos dan los dioses, existe una condición para tenerlo. Un beso… Iraya.
      Herfus se levanta de la silla en la que se encontraba, mira la hoja, la huele, y mientras caminaba al balcón la besa. Una vez en el balcón observa los cuatro caballos que arrastran el carruaje de Iraya, salen del castillo, en él va Iraya con todas sus pertenencias, incluido Trado, quien sentado en la parte posterior del carruaje, mueve la mano en señal de adiós. Herfus lanza un suspiro, como si quisiera enviarle a Iraya, ese beso que le dio a la carta con su aliento.

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